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La diplomacia silenciosa de los Parques Nacionales
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La diplomacia silenciosa de los Parques Nacionales

A primera vista, el trabajo de un director de Parque Natural parece silencioso. Caminos forestales, reuniones técnicas, vigilancia ambiental, gestión de visitantes… Sin embargo, detrás de cada sendero señalizado y de cada bosque protegido existe toda una complicada gestión ambiental, diplomacia institucional, pedagogía social y planificación territorial. Este 24 de mayo, Día Europeo de los Parques - fecha instituida en 1999 por EUROPARC- es un buen momento para reivindicar la figura de estos gestores ambientales que se encuentran en primera línea frente a desafíos tan diversos como la presión turística, la despoblación rural, los incendios, la pérdida de biodiversidad o los efectos acelerados del cambio climático. Algo que sabe bien Marc Garriga, director del Parc Natural de l'Alt Pirineu, quien explica que «tendría que haber estudiado psicología, la gente es muy diversa y hay que negociar de tú a tú», señala mientras se agacha junto a un sendero y fotografía unas pequeñas flores con el móvil. A su alrededor, el viento mueve lentamente los pastos subalpinos del Pirineo y el silencio solo se rompe por el sonido lejano del agua. Aquí, entre lagos, bosques maduros y cumbres que marcan la frontera entre España, Francia y Andorra, Garriga trabaja desde hace más de dos décadas. Primero como técnico. Después como director. Pero sobre todo como alguien que aprendió a querer este territorio mucho antes de gestionarlo. «No nací aquí, pero llevo este parque en el corazón», dice. Su historia empieza como empiezan muchas relaciones profundas con la montaña: en la infancia. Desde los seis años, su familia iba cada verano al Pirineo y aquellos viajes acabaron moldeando una vocación. Estudió Ingeniería Forestal, hizo aquí su proyecto de final de carrera y más tarde participó en un programa europeo Life. Cuando comenzó la creación del Parque, ayudó a asesorar a los ayuntamientos en su relación con el nuevo espacio; en 2004 entró como técnico y en 2013 (y hasta ahora) asumió la dirección. Hoy es una de las caras visibles del espacio protegido más grande de Cataluña, un territorio inmenso donde sobreviven algunas de las especies más emblemáticas y frágiles de la Península Ibérica. «Cuando estudié forestales, trabajar en un parque ya me parecía increíble, pero llegar a dirigir uno con tantos valores es un sueño que nunca imaginé». Desde fuera, un parque natural parece un espacio detenido en el tiempo. Pero mantener ese equilibrio implica gestionar tensiones constantes. El director de un parque no solo protege especies y hábitats; también media entre intereses diferentes y, a veces, opuestos. Su papel consiste en coordinar un engranaje complejo: equipos técnicos, administrativos, brigadas de mantenimiento, investigadores, ayuntamientos, ganaderos, empresarios turísticos, asociaciones locales… donde todo debe avanzar hacia el objetivo común de conservar el territorio natural a la vez que se promueve el desarrollo local. Durante décadas, muchos habitantes de zonas rurales vieron los espacios protegidos con desconfianza. Temían restricciones, límites y pérdida de oportunidades económicas. La comarca del Pallars Sobirà, donde se encuentra gran parte del Parque, alcanzó cerca de 20.000 habitantes a finales del siglo XIX. Después comenzó un lento declive que la llevó a tocar fondo en los años noventa, con apenas 5.000 vecinos. Hoy la tendencia se ha estabilizado porque «la creación del Parque ayudó a cambiar eso», explica Garriga. En muchos espacios protegidos europeos, los habitantes locales han pasado de ver las restricciones ambientales como una amenaza a entender que pueden convertirse en una oportunidad de desarrollo sostenible. Turismo rural, producción agroalimentaria vinculada al territorio, educación ambiental o investigación científica forman hoy parte de la economía de numerosos municipios de montaña con un modelo económico que intenta mantener vivo el territorio sin destruirlo. «Que la gente pueda quedarse aquí y ganarse la vida de forma compatible con la conservación es la clave», e insiste en la importancia de vivir en el territorio. Por ello habla de proximidad, de ser «un vecino más» y de poder mirar a los ojos a un ganadero y discutir un problema sin la distancia fría de los despachos administrativos. «Aunque sea funcionario, me considero un agente de desarrollo local», precisa, y sostiene que los espacios protegidos funcionan cuando quienes viven dentro sienten que también les pertenecen. Algo que en lo que ahonda la serie documental Vidas protegidas , que muestra cómo la intervención humana, cuando se basa en el conocimiento y el respeto, puede contribuir a preservar y mejorar los espacios protegidos. Mientras Marc habla, el paisaje parece darle la razón. El Alt Pirineu conserva una concentración extraordinaria de biodiversidad en bosques subalpinos maduros, turberas y más de 140 lagos con una diversidad biológica excepcional que convierten este territorio en uno de los grandes refugios naturales del sur de Europa. Aquí vive la mayor diversidad de mariposas registrada en Cataluña, especies extremadamente sensibles como el desmán pirenaico, el tritón de los Pirineos o la lagartija pallaresa, una pequeña joya endémica que solo existe en esta zona del mundo. Sobrevolando las montañas aparecen buitres leonados, alimoches y quebrantahuesos y entre los bosques todavía resiste el urogallo, una de las especies más amenazadas de la fauna ibérica. «Una cuarta parte de toda la población ibérica está aquí», explica Garriga, quien confía en «frenar la caída y conseguir recuperarlo». Y luego está el oso sin el que no se entiende este territorio. Durante décadas desapareció de gran parte de los Pirineos, hoy ha vuelto y unos 25 ejemplares habitan ya esta zona transfronteriza. Su regreso simboliza tanto el éxito de ciertas políticas de conservación como los conflictos que inevitablemente generan, porque compatibilizar la presencia del oso pardo con la ganadería extensiva es uno de los retos más delicados del Parque. Garriga lo resume sin idealismos: «El daño cero no existe», pero insiste en que la prevención funciona y que la convivencia es posible cuando existen ayudas, diálogo y medidas eficaces. Los osos cruzan de España a Francia. Las aves sobrevuelan Andorra. Los ecosistemas continúan, aunque cambie el idioma. «La naturaleza no entiende de fronteras. Las administraciones tienen que romperlas y cooperar», insiste Garriga, quien habla con especial orgullo de uno de los proyectos más ambiciosos que se han llevado a cabo: el Parque Pirenaico de las Tres Naciones. Una alianza entre cuatro espacios protegidos — Parc Natural de l'Alt Pirineu, Parc Naturel Régional des Pyrénées Ariégeoises, Parc Natural de la Vall de Sorteny y el Parc Natural Comunal de les Valls del Comapedrosa— que suman más de 300.000 hectáreas, convirtiéndolo en el mayor Parque transfronterizo de Europa occidental, que implica a 158 municipios. Una colaboración que, desde 2018, permite coordinar la gestión de especies, compartir investigaciones y diseñar estrategias comunes. En un momento donde Europa vuelve a levantar barreras y donde las tensiones geopolíticas atraviesan el continente, los Parques Naturales muestran otro camino posible para la conservación. Uno basado en la interdependencia y la cooperación. El Día Europeo de los Parques recuerda la importancia de estos espacios protegidos que son refugios ecológicos, culturales y humanos. Quizá por eso Garriga habla del Parque como una comunidad viva y no como un territorio aislado del ser humano, sino como un lugar donde personas, animales, paisaje y memoria colectiva todavía conviven. Y dirigir un Parque Natural consiste precisamente en eso, en intentar que esa convivencia siga siendo posible. Porque el verdadero valor de estos territorios no está únicamente en lo que guardan, sino en lo que todavía son capaces de enseñar y crear. Descubre muchas más historias de la España protegida suscribiéndote al canal de Nuestros Espacios Protegidos.

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