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Durante décadas, el rostro sereno con el que Toon Kelder pintó a esta joven en los años 30 colgó en el pasillo de una casa holandesa, en la que el tiempo parecía haberse detenido. Había sido heredado sin preguntas, un objeto familiar que había pasado de mano en mano como un simple recuerdo doméstico, pero que contenía una bomba de relojería histórica. El secreto que había sobrevivido a la guerra, al silencio y a la vergüenza comenzó a derrumbarse cuando el 'detective del arte' Arthur Brand recibió un mensaje anónimo. No era una denuncia formal ni una pista elaborada. Solo unas líneas inquietantes: alguien había descubierto que su familia poseía un cuadro robado por los nazis y le remordía la conciencia, según ha relatado Brand tras anunciar el hallazgo. Acostumbrado a tratar con farsantes y coleccionistas nerviosos, estuvo a punto de ignorar ese mensaje. Pero el remitente insistió. Había descubierto dos verdades devastadoras sobre sí mismo: que era descendiente de Hendrik Seyffardt, uno de los colaboradores nazis más notorios de los Países Bajos, y que en la casa de su familia colgaba un cuadro que, según le había confesado un pariente, «era judío, robado, de Goudstikker. Nunca lo vendáis, no se puede vender… no se lo digáis a nadie». Seyffardt no es un nombre cualquiera. General de las Waffen‑SS, comandante de la Legión Voluntaria Neerlandesa en el Frente Oriental, fue el héroe del nazismo local durante la ocupación. Cuando la Resistencia lo ejecutó en 1943, la Wehrmacht organizó por todo lo alto un funeral de Estado en La Haya, al que el mismísimo Adolf Hitler envió una corona de flores. Que un cuadro robado a un marchante judío apareciera precisamente en la casa de sus herederos sugería una historia que Brand pudo documentar después paso a paso. El marchante era Jacques Goudstikker, uno de los más prestigiosos de Europa antes de la guerra. En mayo de 1940, cuando los nazis invadieron los Países Bajos, huyó hacia Inglaterra y terminó muriendo en el barco, aparentemente al caer por accidente por una escotilla. Tras su desaparición, Hermann Göring saqueó concienzudamente su colección : más de 1.300 obras. Entre ellas, 'Retrato de una joven'. Brand rastreó archivos, catálogos, listas de confiscaciones hasta encontrar el dato: en una subasta de 1940, lote 92, obra de Toon Kelder, procedente de Goudstikker. La pieza encajaba. Cuando el detective consideró que contaba con suficiente material probatorio, se presentó en la vivienda de los descendientes de Seyffardt y comprobó personalmente que el cuadro seguía colgado en el mismo lugar donde había estado durante décadas: un pasillo anodino, casi banal, que de pronto parecía cargado de electricidad. Un cartel en la parte trasera de la pintura confirmaba que perteneció al coleccionista de arte judío Jacques Goudstikker. Encontró además el número '92' grabado en el marco. Era 'Retrato de una joven' de Toon Kelder. La nieta del general, ya anciana y contrariada por la presencia en su casa del detective, insistió en la conversación que mantuvieron en que no sabía nada de todo aquello. « Lo heredé de mi madre», zanjó, pero tras una ligera resistencia inicial admitió: «Entiendo que los herederos de Goudstikker quieran recuperarlo». El familiar que envió el anónimo, en cambio, estaba devastado. «Me da vergüenza», confesó, e insistió en que «la pintura debe ser devuelta cuanto antes». En sus décadas de investigación, Brand ha visto de todo: mafias, traficantes, coleccionistas sin escrúpulos, pero nunca un caso así. Se trata de un cuadro robado a un judío , escondido durante 80 años en la casa de un general de las SS, descubierto por un descendiente horrorizado por su propio apellido. ««Anteriormente he descubierto arte saqueado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo piezas en el Louvre, la Colección Real Holandesa y muchos museos. Pero encontrar un cuadro de la famosa colección Goudstikker en posesión de descendientes de un notorio general holandés de las Waffen-SS, eso realmente lo supera todo», reconoce. «Es el caso más extraño de mi carrera, la tragedia de la guerra comprimida en un solo objeto». La familia, que cambió su apellido tras la guerra, ha entregado el cuadro voluntariamente. Brand lo ha examinado, documentado y protegido. Ahora está en proceso de ser devuelto a los herederos de Goudstikker, que viven en Estados Unidos. Pero el caso deja suspendida en el aire la pregunta sobre cuántos cuadros más siguen colgados en pasillos anónimos. En el Museo de Orsay ya existe una sala dedicada al arte saqueado por los nazis. En Argentina, en Suiza, en Austria, siguen apareciendo obras robadas. Alemania ha pasado en los últimos años de tener un sistema lento, fragmentado y poco eficaz de restitución a impulsar las reformas más ambiciosas desde la posguerra para devolver obras expoliadas por los nazis a sus legítimos herederos. La evolución es profunda y afecta a leyes, tribunales, museos y obligaciones de transparencia. Entre otras medidas, ha creado un Tribunal de Arbitraje para el Arte Saqueado por los Nazis , que sustituye a la antigua Comisión Asesora de 2003 y que permite que una sola parte, víctima o heredar, pueda iniciar el proceso, sin necesidad de acuerdo mutuo. Está integrado por 36 árbitros, copresidido por la exjueza del Tribunal Europeo de Derechos Humanos Elisabeth Steiner y el exjuez constitucional Peter Müller. Pero el proceso de restitución requiere de un elemento que no puede legislarse: la voluntad de los actuales propietarios de obras ocultas de sacarlas a la luz. El mercado de Kelder es modesto, muy centrado en los Países Bajos, y sus obras no superan los 6.000 euros en las subastas, pero este arrastra una historia y un simbolismo que podría multiplicar por diez esa cifra, según coleccionistas consultados en Berlín.
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