ABC
Nataliya tiene poco más de 40 años. Casada y madre de dos hijos, recorre a diario 75 kilómetros en autobús para ir de su casa en Tolmezzo a Spilimbergo, donde se encuentra la única institución académica del mundo dedicada al arte del mosaico. La distancia es corta si se compara con Dnipró, una ciudad del centro de Ucrania de la que tuvo que huir tras el estallido de la guerra. «Es un sacrificio, pero soy feliz empezando una nueva vida», relata a ABC durante la visita a esta escuela en la región italiana de Friuli-Venezia Giulia. Al entrar en el edificio, enormes cuadros decoran los kilométricos pasillos. Parecen pinturas pero, al aproximar la mirada, miles de teselas de colores forman la composición de figuras que impresionarían hasta el mismísimo Miguel Ángel Buonarotti que, si viviera en este siglo y quisiera ir al servicio, tendría que toparse de frente con una réplica de su impresionante 'Piedad'. Si alguien contempla un mosaico de cerca por primera vez, se preguntará cómo es posible que esas pequeñas piedras cuadren de una forma tan exacta y estén milimétricamente cortadas. Sin casi exteriorizar el pensamiento, Stefan Lovison agarra un martillo, que está sobre uno de los tantos troncos de árbol que hay en los talleres. Es el presidente del Consorcio de la Escuela de Mosaicistas de la región y se nota la facilidad con la que domina la técnica: «Atenta, que ahora lo haces tú. Mira, el juego de muñeca es suave. Uno, dos, corte seco… Listo. Se pasa una cara por un poco de cemento y se va pegando. Así con todas las piezas para crear el mosaico». Y sin dejar la herramienta, cuenta orgulloso el nacimiento de este centro formativo en 1922, tras «la petición de tantos jóvenes que ya se dedicaban a este arte, pero su formación era parcial y había necesidad de una escuela donde se tratase el mosaico de forma integral, como ahora, 360 grados». Aunque parezca un arte puramente decorativo, el mosaico va mucho más allá. Donde muchos solo verían una obra de arte, James Witt observa átomos, ángulos de luz y reacciones químicas. Es de Londres y estudió en la Universidad de Cambridge la carrera de Física, con títulos en nanociencia y ciencia de los materiales, campos en los que estuvo trabajando durante una década: «La transición a los mosaicos puede parecer un paso inusual para alguien con mi formación, pero siempre he cultivado un lado creativo y el deseo de crear cosas bellas con mis manos. De hecho, estoy siguiendo los pasos de mi esposa». Ella es Sasha Anisimova y se conocieron en Reino Unido, mientras se formaba en Teología Ortodoxa Oriental y lengua siriaco-aramea, aunque es originaria de Australia. Hay tres experiencias que marcaron su pasión por el mosaico: habitó en un pequeño asentamiento en Coober Pedy, un pueblo remoto en el desierto, conocido por sus minas de ópalo y sus casas bajo tierra; su madre era artista contemporánea y vivió en una carpa de circo reconvertida en casa, y la que más peso tuvo quizá fueron sus raíces. «Provengo de una familia de inmigrantes rusos y mi tía me llevaba con frecuencia a los servicios religiosos ortodoxos, lo cual pudo influir en mi decisión de estudiar Teología. Pasé algo más de dos años viviendo en monasterios sirios, estudiando siriaco en Alepo, donde me impresionó profundamente la belleza del mosaico al visitar las ruinas de la catedral de San Simeón», expone a este diario mientras coloca las teselas para la composición de un Cristo ortodoxo. Resultaría prácticamente imposible profundizar en el universo de los mosaicos sin detenerse en el arte sacro, un pilar que, como subraya nuevamente Lovison, ha sido el motor de esta disciplina «en todos los períodos de la historia», desde las catacumbas hasta las grandes catedrales. Son conscientes de este legado y, por eso, el programa académico de esta particular 'universidad' dedica una parte sustancial de sus tres años de formación a explorar estas raíces. El aprendizaje comienza el primer curso con la interpretación técnica de las obras religiosas del mosaico romano, un estudio que sirve de base fundamental para cuando, más adelante, la formación se sumerge con fuerza en el bizantino medieval. Pero no solo eso, desde hace unos tres años, los profesores viajan hasta el Vaticano, con quienes mantienen una «relación de amistad que se perpetúa en el tiempo», para realizar estancias colaborativas de una quincena con sus homólogos en sus talleres. El país más pequeño del mundo también esconde este secreto, un taller 'oculto' donde realizan mosaicos que, para cualquiera que viaje a Roma y haga un poco de turismo, les resultarán familiares. Por ejemplo, los retratos de los pontífices realizados en mosaico y que se encuentran en la Basílica de San Pablo Extramuros, que cuentan con más de 15.000 teselas que se trabajan minuciosamente en el laboratorio vaticano, que dirige la Fábrica de San Pedro. Y si de lugares sagrados se trata, hay un encargo muy especial para esta escuela, que vino directamente desde Jerusalén hace unos 30 años. Entre 1992 y 1998, alumnos y profesores se trasladaron hasta la Ciudad Vieja, en concreto, hasta la parte ortodoxa de la Basílica del Santo Sepulcro, justo delante de la reliquia de la Piedra de la Unción, para crear un majestuoso mosaico bizantino de 11 metros, cuyo tema es la sepultura de Jesucristo, decorado con teselas de esmaltes y oros. Sin embargo, este no fue el único cometido en este templo: « También realizamos los 350 metros cuadrados de la cúpula , algo que siempre cuento con orgullo. Hoy se usa mucho el láser y las medidas electrónicas, pero entonces se hizo todo con cintas métricas tradicionales y, al colocarlo, no falló ni por un centímetro», recuerda este experto mosaicista. Precisamente, esa es una de las zonas del mundo más asoladas en la actualidad por la guerra y esta institución académica es un apoyo para quienes necesitan un oficio para salir adelante, siendo «una oportunidad laboral» de formación: «Dialogamos mucho con países de Oriente Medio. Debido a la presencia romana allí y en el norte de África, existe una tradición del mosaico. Mantenemos relaciones con Palestina, Jordania y Líbano. De hecho, recientemente hicimos videollamadas con la Universidad de Tiro, en este último país. Los jóvenes pueden venir a Italia para convertirse en maestros y luego llevar este arte de vuelta». No sería la primera vez que hacen esto. Debido a los conflictos mundiales, la situación es muy difícil, pero están acostumbrados a acoger porque «dentro de esta escuela, se vive un mundo casi mágico, donde no hay diferencias de etnia, color o nación». Stefan explica que gran parte de su mercado viene de Europa del Este y que es muy común que se matriculen personas de Rusia, Ucrania, Rumanía o Polonia: «Por ejemplo, la experiencia de dos chicas maravillosas, como Valeria, ucraniana, y María, rusa. Coincidieron en el primer año en la misma clase y vivieron juntas tres años en un apartamento. Se llevaban a las mil maravillas y, a día de hoy, siguen trabajando juntas. Es una experiencia bellísima». En una de las aulas, está Yana Isaieva, quien nació y creció en Crimea, pero después se mudó a Kiev, donde continuó hasta abandonar el país tras la escalada de las tensiones en 2022. En ese momento, tenía 39 años y un sueño: vio los trabajos de esta escuela en redes sociales y comenzó a aspirar con estudiar allí. Para ella, «era una oportunidad para ser profesional», como relata a ABC: «No fue fácil encargarme de todo sola con mi hija pequeña, pero ella es mi fuerza y apoyo. Asiste a la escuela primaria en Spilimbergo y estamos muy agradecidas por la cálida bienvenida. Amo Italia y me siento como en casa. Sueño con abrir mi propio taller, aunque aún no he decidido dónde vivir; quiero viajar y que mi alma me guíe para encontrar mi hogar». Yana sigue ensamblando minuciosamente las teselas de un retrato femenino. Los tonos marrones y los destellos rubios de la obra parecen un espejo de su propia imagen, también en tonos terracota y anaranjados. Aún le queda media composición por completar, pero permanece con paciencia en la colocación de esas pequeñas piedras, que atrapan la luz que entra por la ventana. Ella sigue buscando un lugar al que llamar 'casa'. Un proceso paralelo al que trabaja en el tablero: quizá solo cuando logre encajar la última tesela de su mosaico podrá vislumbrar, por fin, el dibujo completo de su nuevo destino.
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