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No es extraño que la medicina fuera una vocación «contagiosa» entre los miembros de una misma familia, al unir esta profesión la ciencia, el humanismo y un claro espíritu de servicio. En el siglo XIX la figura del médico era siempre respetada, popular y muy querida especialmente en los entornos rurales donde tenía que asistir a los enfermos sin horario y cuidarlos de toda clase de males. Los periodos de epidemias pusieron a prueba de manera fehaciente su entrega, su abnegación y valentía, a pesar del evidente riesgo que corrían sus vidas y la de sus propias familias. Los testigos más directos de los valores de un médico y de su prestigio social eran sus hijos, de ahí que surjan también médicos entre los varones de esa generación e incluso que en muchas ocasiones las hijas, destinadas a la atención preferente del cuidado de la casa y de la prole, contrajeran matrimonio con otros médicos. Esta transmisión vocacional llegará a extenderse de manera ininterrumpida a muchas generaciones, formando importantes y longevas sagas.
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