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Cope Zaragoza

La "cátedra" madrileña ignora el esfuerzo y la autenticidad de tres toreros entregados

Paco Aguado Aun a pesar de la oreja, protestada, que paseó del tercer toro David de Miranda, la supuesta "cátedra" madrileña no acabó hoy de valorar en su justa medida el esfuerzo y el toreo auténtico, no siempre lucido, que hizo la terna matadores ante un serio y engañoso encierro de Alcurrucén, que en realidad estuvo falto de raza y de entrega. A la corrida de la familia Lozano, aun siendo perdonable y hasta típico de su encaste Núñez su "frío" comportamiento en los primeros tercios, le faltó en realidad, y sin excepción, romper a embestir de verdad en la muleta, ante la que se comportaron con una vacía movilidad, sin emplearse nunca tras el engaño en un recorrido suficiente. Pero, aun así, la terna puso todo de su parte para superar esos defectos, intentando plantearles siempre un torero sincero en los cites y en el asiento de plantas, a fin de gobernar y prolongar esas insulsas embestidas, sólo que sin obtener ese mínimo reconocimiento del tendido, hoy extrañamente crispado e intransigente sobre todo en la zona ocupada por los autoproclamados "entendidos". El único momento de esta tensa tarde con el que vibró el tendido fue durante el tercio de quites del segundo, cuando David de Miranda y Víctor Hernández intervinieron y se replicaron hasta en cuatro ocasiones, apurando las opciones, con gran generosidad por parte del onubense, a quien correspondía matarlo, de un hondísimo y muy serio ejemplar de 610 kilos de peso y alirada cornamenta. Fue el madrileño quien comenzó las hostilidades con unas lentas saltilleras, que respondió De Miranda con ligeras chicuelinas, antes de que el compañero volviera a pedirle permiso para intervenir por segunda vez, y ya sin derecho, con unas largas tafalleras con la correspondiente réplica de unas gaoneras enganchadas. Pero, más allá del desigual resultado, al menos hubo reconocimiento para la pasajera competencia. Lo extraño es que, aparte de ese pasaje, no se reconocieran otras importantes fases en las faenas de la terna durante una tarde marcada por las pocas facilidades que, sordamente, puso la corrida de Alcurrucén. Porque Fortes, que se manejó con una irrenunciable firmeza en sus dos dilatados trasteos, le ligó una soberbia tanda de naturales al desfondado primero, cargada de temple y sinceridad, que pasó casi desapercibida, y le abrió el trasteo con unos templados y mandones doblones a un cuarto al que toreó luego con pureza e idéntico y sólido valor pese a que el colorado se salía siempre por encima del palillo de la muleta. De Miranda, al menos, se llevó esa única oreja cuya concesión llegaron incluso a pitar los más exigentes, una vez que tras el duelo de quites desplegó, entre ciertos altibajos derivados de su colocación, una labor que acabó por tener sus frutos con un ejemplar áspero y nada dúctil al que fue corrigiendo temperamento, que es lo que ni siquiera tuvo un quinto de inicio nervioso pero que no tardó en pararse. A Víctor Hernández tampoco se le llegó a tener en cuenta la firmeza con la que afrontó, tras un ajustado quite por chicuelinas de Fortes, su duelo con el tercero, el más terciado pero también el más ofensivo de cuerna de la corrida, que siempre se reservó antes de tomar los engaños, midiendo y acudiendo al paso y sin descolgar una sola vez, entre las protestas constantes del tendido más vocinglero. E idéntica actitud, esa misma irrenunciable firmeza de plantas, mantuvo con el otro de los toros voluminosos que restaban por salir, un sexto sin clase alguna y que fue el que se movió de manera más engañosa, sin descolgar el cuello una sola vez ante una muleta que tuvo el acierto de no dudarle nunca.

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