Diario de Noticias
El control de la gente sobre las decisiones tecnológicas que les afectan suele pensarse como un atributo individual, un consentimiento informado que pocas veces está a nuestro alcance, debido a la complejidad de los asuntos, a la ignorancia o a la sobrecarga que así suele producirse (que me paguen por mis datos, me lo expliquen de manera que pueda entenderlo o quiero dar mi consentimiento individual). En no pocas ocasiones ocurre que las explicaciones son más difíciles de entender que los sistemas que se pretende explicar. ¿Sabemos cuáles son y qué efectos tendrá “aceptar las cookies necesarias”, por ejemplo? No estamos como deberíamos estar en la inteligencia artificial si solo estamos como individuos. No basta con “privatizar la transparencia” (Wishmeyer) y dejar en manos de la ciudadanía el control sobre los algoritmos –un control que apenas pueden llevar a cabo– y renunciar así a la regulación pública. El problema fundamental cuando hablamos de consentir o no es que la tarea de auditar los algoritmos o explicar las decisiones automáticas ha de concebirse como una tarea colectiva, no como un mero derecho individual, en muchas ocasiones de difícil realización.
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