Cope Zaragoza
La madrugada del 10 de junio de 2001 permanece grabada en la memoria de cientos de logroñeses. Han pasado ya 25 años, pero para quienes vivían en la Torre de Logroño aquella noche, los recuerdos siguen siendo tan nítidos como entonces. El atentado de ETA en plena Gran Vía no solo provocó enormes daños materiales. También dejó una huella emocional que todavía hoy aparece en las conversaciones de quienes lo vivieron en primera persona. Muchos recuerdan exactamente dónde estaban cuando escucharon la explosión. Otros todavía son capaces de describir el sonido, el temblor de las paredes o la sensación de desconcierto de los primeros minutos. "Pensamos que se caía el edificio". Es una de las frases que más se repite entre los vecinos que aquella madrugada fueron despertados por una explosión que sacudió el corazón de Logroño apenas unas horas antes de la festividad de San Bernabé. Eran poco después de las seis de la mañana cuando el estruendo rompió el silencio de la ciudad. Un coche bomba cargado con explosivos estalló junto a la Torre de Logroño, en uno de los puntos más transitados de la capital riojana. Muchos vecinos pensaron inicialmente que se había producido un accidente de tráfico. Otros creyeron que se trataba de una explosión de gas. Nadie imaginaba en esos primeros segundos la magnitud de lo ocurrido. "Escuché una explosión horrible", recuerda uno de los residentes. "Me desperté sobresaltado. Cuando vi la puerta del salón destrozada entendí que aquello no había sido un golpe cualquiera". Otro vecino explica que al principio pensó que un coche había chocado contra algún edificio. Sin embargo, cuando observó las ventanas dobladas y las persianas arrancadas comprendió inmediatamente que estaban ante algo mucho más grave. El miedo se extendió rápidamente por todo el inmueble. Las viviendas comenzaron a mostrar los efectos de la onda expansiva. Cristales rotos, puertas arrancadas, tabiques dañados y balcones destrozados formaban parte de una escena difícil de imaginar apenas unos minutos antes. Los daños fueron especialmente graves en la propia Torre de Logroño. La explosión afectó de forma notable a las cinco primeras plantas y a los bajos comerciales del edificio. El portal quedó completamente destruido. Los rellanos y escaleras aparecieron cubiertos por cascotes, cristales y restos de tabiques. Durante horas, los vecinos no pudieron abandonar sus viviendas. Muchos permanecieron encerrados cerca de cinco horas sin conocer exactamente qué había sucedido. La incertidumbre era total. Las comunicaciones eran limitadas y las imágenes que podían observar desde las ventanas aumentaban la preocupación. Finalmente, los residentes fueron evacuados a través de una salida de emergencia habilitada desde el entonces Banco Urquijo, situado en los bajos del inmueble. A medida que avanzaba la mañana, los técnicos municipales comenzaron a evaluar los daños. Un aparejador del Ayuntamiento recomendó el desalojo completo de la Torre de Logroño como medida preventiva al detectarse daños estructurales. La medida también se amplió a otros edificios antiguos de la Gran Vía.Más de 300 viviendas afectadas El vehículo utilizado por ETA era un Fiat Tempra blanco con matrícula de Navarra que había sido robado meses antes en la localidad francesa de Pau. La explosión provocó importantes desperfectos en alrededor de 300 viviendas de la zona. Numerosos locales comerciales también resultaron afectados. Uno de los espacios más dañados fue la oficina del entonces Banco Atlántico, que quedó prácticamente destruida por la fuerza de la detonación. Sin embargo, pese a la magnitud de la explosión y a los enormes daños materiales, no hubo víctimas mortales. Un hecho que muchos vecinos siguen considerando casi milagroso al observar las fotografías de aquel día y recordar cómo quedaron sus viviendas. Algunos testimonios recuerdan todavía hoy que los cristales atravesaron habitaciones enteras. En varias viviendas, los balcones fueron arrancados y las ventanas saltaron por los aires. "Menos mal que los hijos no estaban durmiendo en esas habitaciones", relata una vecina afectada al recordar cómo quedaron los dormitorios familiares. Un cuarto de siglo después, las heridas físicas han desaparecido. Los edificios fueron reparados, las fachadas reconstruidas y la actividad volvió a la normalidad. Pero la memoria sigue presente. Quienes vivieron aquella mañana no suelen hablar únicamente de los daños materiales. Recuerdan sobre todo las emociones. El miedo de los primeros minutos. La incertidumbre. La preocupación por los vecinos. La solidaridad que surgió entre personas que compartían una misma situación. Aquella explosión no solo afectó a un edificio. Marcó a toda una ciudad. Por eso, 25 años después, los testimonios de los vecinos siguen teniendo un enorme valor. No hablan únicamente de un atentado. Hablan de cómo una comunidad afrontó uno de los episodios más difíciles de su historia reciente. Sus voces recuerdan que detrás de cada titular existen personas, familias y vidas alteradas para siempre. Y también que la memoria continúa siendo una herramienta fundamental para comprender lo ocurrido y para que episodios como aquel nunca caigan en el olvido.
Go to News Site