ABC
«Barcelona estará a la altura de Madrid», cuenta Carmen a ABC en los alrededores de la Catedral de la Santa Cruz, donde espera la llegada de León XIV. Es chilena, pero lleva media vida en la ciudad. A escasos metros, Natividad lamenta que, al ser martes, quizá el poder de convocatoria no pueda igualar al de la capital. Luis Lopera, de 16 años, junto a un grupo de amigos, manifiesta también sus dudas pero «espera que sea así». Esta tarde, junto a sus amigos, también irá a ver al Pontífice al Estadi Olímpic. A sus espaldas, anudada al cuello, una bandera de España, mientras espera al sol en la plaza donde centenares de personas celebran entre 'vivas' el aterrizaje del avión del Santo Padre, en la que será la primera parada de su periplo catalán. A sólo 600 metros de la plaza de la Catedral, entre tiendas de souvenirs, bares de tapas y cafés de especialidad, se erige la la basílica de Santa Maria del Mar , en el corazón del barrio de la Ribera. Fue en 1329 cuando los marineros comenzaron a construir el edificio, considerado el único del gótico catalán puro, totalmente acabado. Para ello tardaron 55 años, inaugurando así el templo que la homónima novela de Ildefonso Falcones bautizó como 'la catedral del mar'. Este martes, pocas horas de antes de la llegada de León XIV a la capital catalana , grupos de turistas se arremolinaban a sus puertas. La principal, coronada por dos figuras de bronce: dos estibadores, como homenaje a los trabajadores del puerto que trasladaron los pesados bloques de piedra desde Montjuic hasta la plaza de Santa María, para levantarla. Y es que los vecinos del barrio querían un lugar de culto propio, ya que la Catedral estaba reservada para la monarquía y la nobleza, así como para el alto clero. De ahí que la clase popular vinculada al puerto se conjurase para construirla. A pesar de la gran afluencia de turistas, cuenta Carlos, uno de sus trabajadores, es habitual que a la misa diaria, a las 19.30 horas, sí acudan los vecinos. En su interior, tres naves con capillas laterales, y ocho columnas que rodean el altar mayor. En uno de los bancos frente a este, una mujer reza, emocionada. Unas filas más atrás, Belén, Andrea y Alba. Tienen 23 años y aprovechan un festivo en su comunidad, La Rioja, para visitar Barcelona. Las tres amigas habían programado su escapada antes de saber que el Papa recalaría en la capital catalana durante su viaje a España. Y es que sólo a unos pasos de Santa María del Mar, se encuentra la Catedral de la Santa Cruz , donde el Pontífice presidirá el rezo de la hora media, en la que será la primera parada de su periplo catalán. No había despegado aún desde Madrid, pero el dispositivo de seguridad, bautizado Albus -vino blanco, en latín- se encontraba ya en fase crítica. Son más de 7.000 agentes los que se han desplegado para blindar la ciudad. En las horas previas a la llegada de León XIV, agentes de los Mossos d'Esquadra blindan los accesos al metro, y los alrededores de plaza Sant Jaume. Cuatro de uniforme y dos de paisano, retienen a un individuo, que resulta ser un multirreincidente -una de las mayores lacras de la ciudad, en cuanto a delincuencia se refiere-. Están en la plaza de l'Angel, junto a una franquicia de cafeterías, en cuya terraza se agolpan turistas, ajenos a la visita del Santo Padre. En la basílica de Santa Maria del Mar, Belén, Andrea y Alba explican que no podrán ver al Papa porque se han quedado sin entradas. Esas que se agotaron en pocos segundos. El objetivo de su viaje es meramente cultural. Querían ver «este exponente del gótico», dicen en referencia al templo. Desde su tejado, una panorámica excepcional de Barcelona, incluyendo la de la 'seu'. Para alcanzar la cubierta, hay que sortear una estrecha escalera de caracol. No apta para claustrofóbicos. «La recompensa vale la pena», farfulla Collin, un turista británico, que tampoco ha conseguido entrada para ver al Papa. Desde las alturas, observa la Sagrada Familia. «Pensé que ya estaba terminada», dice al ver una grúa junto al templo. Carlos explica que a la una de la tarde, cuando el Pontífice entre en la Catedral, harán repicar las campanas. Teme que horas después, ante la protesta convocada en el paseo del Born, organizada por asociaciones laicas, bajo el lema: «Yo no te espero». Collin se santigua antes de abandonar la basílica, y deja un donativo. Belén, Andrea y Alba siguen sentadas contemplando el altar. Dejando atrás la plaza de Santa María, una cafetería de especialidad ofrece una variedad cultivada por mujeres de Ruanda. «La comunidad sobrevive gracias a esto», apunta la 'barista'. Pese a la modernez del local, hay dos elementos que hacen que uno sepa que está en Cataluña: una lámina de Mariscal de 'Cafés El Magnífico' -tostado en Barcelona- y también el fragmento de un vitral que firma J. Vilaplana. El movimiento va llegando a los alrededores de la Catedral, blindados por patrullas policiales y efectivos de Protecció Civil. «Estamos aquí para informar, si es que los dejan salir del metro», explica uno de ellos, en la boca de la parada de San Jaume, junto a la mítica pastelería La Colmena, que data de 1849. Frente a la Catedral, se reúnen ya medio millar de fieles, y el Pontífice aún acaba de despegar desde Madrid. Barcelona espera con entusiasmo al Papa.
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