ABC
De todos los narradores norteamericanos que alguna vez ganaron el premio Pulitzer, seguro, Steven Millhauser es el menos norteamericano de todos. A Millhauser podría emparentárselo, sí, con el Ray Bradbury más fantástico que sci-fi. Pero lo cierto es que las raíces de Millhauser (Nueva York, 1943) están más en el Viejo Mundo que en la Nueva América (E.T.A. Hoffman, Bruno Schulz, Mervyn Peake, Italo Calvino ) y en la biblioteca universal de ese extraterrestre tan artificial como auténtico que fue Jorge Luis Borges. Las de Millhauser son ficciones atemporales donde se invocan los nombres de magos todopoderosos y de autómatas perfectos y de héroes bizarros que —sin embargo, como señaló un crítico— son «curiosamente adorables» . Así, Millhauser —reverenciado como clásico vivo del que se sabe poco y nada más allá de que de tanto en tanto asome su cabeza y su mente en las páginas de 'The New Yorker'— es un escritor sin fronteras . Millhauser puede contar la odisea de un magnate de los hoteles temáticos (la 'pulitzeriada' 'Martin Dressler'), los muchos planetas escondidos bajo la superficie de nuestro mundo ('From the Realm of Morpheus'), las idas y vueltas de autómatas e ilusionistas o dibujantes de cómics, o aquello que ocurre durante una mágica noche en los suburbios de una ciudad de su país ('Enchanted Night') mientras casi todos miran televisión. 'Edwin Mullhouse' —su formidable debut de 1972, a cuyo título completo se le añade el subtitulado de 'Vida y muerte de un escritor americano (1943-1954) por Jeffrey Cartwright' (1972)— es exactamente eso, esto. Una biografía muy estudiada de los primeros y últimos once años de la vida de un pequeño prodigio a cargo de su mejor y más obsesivo amiguito funcionando aquí como una suerte de precoz James Boswell para con 'samueljohnsoniano' vecino y cómplice. Así, 'Edwin Mullhouse' es, a la vez, muy emocionante y entregada 'labour of love' y feroz parodia de la parasitaria y posesiva compulsión académico-biográfica. También, cómplice pero muy original guiño a esa idea de la genialidad infanto-freak y autodestructiva alguna vez patentada por J. D. Salinger así como a la persecución del vivísimo y posesivo fantasma en 'La verdadera vida de Sebastian Knight' de Vladimir Nabokov y la mirada microscópica-telescópica-epifánica de Marcel Proust. Y, sí, la influencia de Millhauser es más que clara: imposible no asociar lo suyo a libros como 'Birdy' de William Wharton o 'Mr. Vértigo' y 'El libro de las ilusiones' de Paul Auster así como al cine de Wes Anderson o buena parte de lo que por estos días firman autores como Kelly Link y Kevin Brockmeier y Joe Meno y Jim Shepard e, incluso, el más fantasioso y sensible Stephen King y el menos alucinatorio y romántico Haruki Murakami. Alguna vez entrevisté por correo a Millhauser (no fue fácil conseguirlo) y entonces me explicó: «Mi temperamento es definitivamente proclive al secreto: yo florezco como escritor en una atmósfera de privacidad y soledad. La oscuridad es buena para un escritor como yo; el 'famoso' premio Pulitzer es una molestia y, en ocasiones, una amenaza... Una forma de ver la cultura norteamericana es como una constante lucha entre los valores materiales y espirituales, entre lo práctico y lo ideal… Existe algo en el espíritu americano que aspira siempre a lo ilimitado. Y este es un deseo mortalmente peligroso. En ocasiones, este deseo entra en conflicto con la idea del progreso material y de la prosperidad infinita y entonces acabamos encontrando refugio en visiones utópicas del tipo shopping-mall. Aquí y ahora, un futuro posible para Estados Unidos es convertirse en un país completamente artificial, cubierto de océano a océano por una inmensa bóveda de plástico». Contra todo eso luchan y se imponen un autor como Millhauser y otro autor como Mullhouse. Con, claro, una pequeña e inmensa ayuda de Cartwright quien, como Boswell, acaso acabe resultando mucho más genial que Johnson 'pero' haciendo más genial a 'su' Johnson. Este milagroso libro sobre una vida milagrosa es una de esas experiencias que sólo se tienen una vez en la vida de un lector. Qué bello es vivirla.
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