ABC
Se lo decía Pablo Picasso con mucha sorna a María Blanchard, que era una excelente artista, pero con escaso éxito comercial: «Una cosa es saber pintar y otra es saber vender». El malagueño había tenido mucha suerte con sus marchantes. «Con Kahnweiler –afirmaba– es como si todos los días nos tocase la lotería». Sin embargo, el viejo modelo comercial de galería abierta al público, con escaparate a los bulevares, esperando a que pase el burgués amateur o el coleccionista caprichoso que se enamoran de una obra y la compran de inmediato, ese viejo modelo decimonónico se ha agotado. Y es sensato y es razonable. De toda la industria cultural, la del cine y la de la música, la de los libros y la de los periódicos, la única que parecía no haberse visto afectada por la transformación digital era la del mercado del arte. Mientras que veíamos hundirse las empresas discográficas con el top manta y con las descargas de eMule, y presenciábamos cómo agonizaba la industria cinematográfica, con el pirateo de DVD y con las descargas de internet, parecía que aquello no le afectaba al mundo del galerismo. Hasta que desaparecieron las revistas de arte, y detrás de ellas se hundieron también los periódicos impresos y se vino abajo la industria editorial. Entonces empezaron los galeristas a darse cuenta de que su viejo modelo mercantil estaba obsoleto. Solo recientemente se están experimentando otros modelos de venta de obras de arte, a la espera de que la venta digital se termine de consolidar. Uno de ellos consiste en alquilar el espacio expositivo a los artistas –cosa que produce un cierto escándalo en el sector– y el otro, en alquilárselo a otros galeristas. Daniel Silvo lleva más de veinte años en el mundo del arte, y ha pasado por todos los grados y los escalafones del mismo. Ha sido artista, crítico, comisario, ha dirigido ferias de arte contemporáneo y, finalmente, ha sido también galerista. Como tal, conoce muy bien el sector y ha dado, tal vez, con un modelo posible de galerismo sostenible. A través de Galería Nueva (su firma, que ya alquila a otras galerías sus tres sedes en Madrid), ha abierto un espacio adicional en una gran nave industrial en Carabanchel que ha llamado GreenHouse, cuyos locales también se alquilan a otras galerías internacionales que desean presentar a sus artistas en Madrid. Silvo lo entiende como una especie de feria permanente, pues buena parte de las galerías que participan en esta muestra ocupan sus espacios durante un año. Las firmas que abren así ahora una ventana en Madrid son la Permanente de Bogotá, con obras de un artista muy interesante llamado Alejandro Sánchez; Z Club, de Ciudad de México, con bellas heliografías de Roberto Vázquez; VIDRE, y g·gallery (ambas de Barcelona), con soberbios lienzos esta última del artista ruso Sasha Sime; y la cooperativa de cuatro galerías argentinas Skiascope (Buenos Aires/Madrid), Valk (Buenos Aires), Julia Baitalá (Buenos Aires) y AArChi (Buenos Aires / Santiago Chile), que, entre otros, presentan obras de un escultor y fotógrafo digital, con un lenguaje bastante barroco llamado Hef Prentice; o las sugerentes pinturas tejidas sobre felpudo de la artista originaria de Salta Victoria Michel.
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