Cope Zaragoza
Un reciente estudio publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports ha sacado a la luz los secretos de la Sala Keimada, uno de los santuarios de arte rupestre más recónditos de Cueva Palomera, en el Complejo Kárstico de Ojo Guareña (Burgos). La investigación, encabezada por la arqueóloga Ana Isabel Ortega Martínez, revela 18 dataciones inéditas que confirman la frecuentación del lugar durante más de 11.000 años, desde el Paleolítico Superior hasta la Edad del Hierro. El yacimiento, descubierto en 1976 por el G. E. Edelweiss, había permanecido prácticamente inédito en el ámbito científico debido a su difícil acceso, que obliga a reptar. Según el estudio, la mayoría de los especialistas solo se referían a la Sala de las Pinturas, localizada justo enfrente, mientras la Sala Keimada permanecía sin dataciones que permitieran contar su historia. El análisis del principal panel de pinturas geométricas negras, que recuerda a los triángulos de la vecina Sala de las Pinturas, ha sido datado hace unos 13.500 años, a finales del Paleolítico Superior. La sala también presenta innumerables grabados realizados con los dedos sobre la arcilla de las paredes, algunos de los cuales también se han podido atribuir a este periodo gracias a los restos de carbón de antorchas superpuestos. La investigación confirma que el santuario continuó en uso milenios después. Una cabeza de zoomorfo grabada ha proporcionado una datación de hace unos 7.500 años (Neolítico Antiguo), mientras que los restos de madera en hoyos excavados con palos se sitúan entre el Neolítico y la Edad del Bronce. Además, se ha identificado un hogar claro perteneciente al Calcolítico. Uno de los hallazgos más relevantes es una compleja estructura lítica artificial. Se trata de dos grandes losas de caliza erguidas, con la principal midiendo 1,5 metros de longitud, que fue retocada para darle un perfil afilado y un aspecto zoomorfo. Esta protoescultura, similar a otra hallada en la Cueva de Tito Bustillo (Asturias), tiene el "hocico" orientado hacia el panel principal de pinturas. El estudio documenta lo que parece ser el último momento ritual en el santuario: el sacrificio de un pequeño cerdo doméstico de apenas tres meses. Su datación, justo antes de la romanización tras las Guerras Cántabras, coincide con el conocido simbolismo que el cerdo y el jabalí tenían en las ofrendas de los pueblos de la Edad del Hierro. La arqueóloga Ana Isabel Ortega Martínez destaca que estos lugares de difícil acceso han sido visitados de forma recurrente a lo largo de la historia. "Los lugares recónditos [...] han sido prospectadas a lo largo del tiempo, porque se han reencontrado", explica. "Los espacios, las cuevas han sido prospectadas a lo largo del tiempo por los humanos". Hasta ahora, la falta de una estratigrafía clara en la superficie de la cueva hacía imposible saber cuándo se produjo cada intervención. Ortega Martínez lo compara con una vía romana sobre la que se asfalta una carretera: sin elementos datables como una moneda, es imposible distinguir los periodos. "A esa pregunta de cuándo solo la podemos hacer con dataciones", afirma la investigadora. La oportunidad de realizar este estudio llegó cuando "se unieron las estrellas", según Ortega Martínez. La financiación de la Junta de Castilla y León, la Fundación Atapuerca y el Ministerio de Ciencia e Innovación coincidió con una nueva era tecnológica. "Las dataciones ahora son mucho más, llegan mucho más atrás y también son mucho más baratas. Se ha democratizado la investigación", subraya. Gracias a esta confluencia, el equipo ha podido "encontrar cosas nuevas" y, sobre todo, "contar una historia de ese uso, que no es continua". Según la arqueóloga, la tecnología actual permite "llegar mucho más lejos que los años 80", desvelando la compleja biografía de un santuario que fue un lugar sagrado durante milenios.
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