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No hubo vídeos grabados desde coches, ni cristales rotos, ni una ciudad mirando al cielo con estupor. Solo una llamarada sobre una región remota del mar de Bering, captada desde el espacio. Pero aquella explosión de diciembre de 2018 liberó 173 kilotones de energía: más de diez veces la bomba de Hiroshima.
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