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La fe de una peregrina | Collector
La fe de una peregrina

La fe de una peregrina

Entre turistas asiáticos expectantes, fieles llegados desde Italia; religiosos, y también estudiantes, una mujer, Montse, que ha acudido sola a recibir al Papa en la primera parada de su periplo catalán. Junto a la tarima que acoge a los gráficos, Montse permanece 'encapsulada' entre la multitud -unas 6.000 personas, cifrará después la Guardia Urbana-. Se aferra a una muleta, y lamenta no tener visibilidad para observar la llegada de León XIV a la Catedral , para el rezo de la hora media. A pesar de ello, no pierde la sonrisa, y se solidariza con una plumilla que no puede acceder al espacio reservado para los medios, pese a estar acreditada. Los minutos pasan. Los primeros gritos de júbilo invaden la plaza cuando el avión del Pontífice toma tierra en Barcelona. Nervios y expectación, un calor sofocante, y tiendas destinadas a turistas haciendo su agosto, con la venta de 50 cl de agua al módico precio de 2,50 euros. Los paraguas para protegerse del sol complican aún más la visión. De repente, hace su aparición la comitiva papal. Alarido ensordecedor y, al grito de «vai, vai» -vamos, vamos, en italiano-, un grupo de fieles consigue alcanzar el cordón policial que separa al público de la cápsula de seguridad que blinda al Santo Padre. También una pareja, con su bebé. Mientras ella le da el biberón, el padre los protege con un paraguas, con los colores de la bandera de España. También en primera fila, alzando la mirada, hermanas de la congregación María Stella Matutina, venidas desde Madrid, que por la tarde acudirán al segundo acto de León XIV en Barcelona, el del Estadi Olímpic. Entre la multitud no son pocos los estudiantes, como Luis Lopera, de 16 años, y rojigualda anudada al cuello. ¿Barcelona se volcará como la capital con el Papa? «Esperemos que sí, por nosotros no será», concede, rodeado de compañeros. Carmen, nativa de Chile, aunque reside en nuestro país desde años, sí vaticina que la ciudad «estará a la altura». León XIV ya está en el interior de la Catedral, y Montse sigue en la plaza. Ha cogido un AVE a primera hora desde Lérida. Quería haberse desplazado hasta Madrid, pero su salud no se lo ha permitido. ¿Es por la pierna? «No, es un problema neuronal, estoy a la espera de un diagnóstico, espero que no sea esclerosis», explica a ABC. En ningún momento pierde la sonrisa. Ataviada con sombrero y enormes gafas de sol, no suelta su mochila. Pide que la presenten como una peregrina que ha hecho un esfuerzo para recibir a León XIV . Es un dicho, sí, pero la fe mueve montañas. En este caso, la de Montse es la que la ha llevado, gran esfuerzo mediante, a desplazarse hasta la capital catalana, para ver al Papa. La espera se ve recompensada. Cuando el Santo Padre culmina su primer acto, pasan varios minutos, y llega la sorpresa: junto al cardenal Juan José Omella, se asoma al balcón del Palacio Episcopal, y saluda a la multitud que, como reza el lema de este viaje apostólico, alza la mirada para contemplarlo, y gritar al unísono: «¡Viva el Papa!».

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