ABC
A primera hora de la tarde, las escaleras que conducen al Estadio Olímpico Lluis Companys de Barcelona son un auténtico río humano. Familias enteras, grupos parroquiales, religiosos, jóvenes con mochilas y profesores guiando a sus alumnos; todos ascienden lentamente por la montaña de Montjuïc con una mezcla de expectación y alegría difícil de contener. Algunos rezan; otros cantan; la mayoría simplemente sonríen mientras buscan con la mirada las banderas que identifican a su diócesis o a su parroquia. Todos comparten una misma dirección, el Estadio Olímpico, y un único propósito: encontrarse con el Papa León XIV, en el que será el acto más multitudinario de todo el viaje pontificio a la capital catalana, al que se prevé que asistirán unas 40.000 personas. Entre el colorido mosaico de fieles avanza un grupo de 65 feligreses de la parroquia de Sant Pere d'Abrera (Barcelona). Descienden del autocar en el Sot del Migdia -a 27 minutos a pie del Estadio Olímpico- ondeando banderas del Vaticano con el logo impreso de su parroquia, y, a pleno sol, alzan su mirada hacia el norte, dirección al Estadio, donde verán, tras meses de expectación, a su máximo líder espiritual. Llevan tiempo organizando el viaje, preparando la bienvenida y repartiendo acreditaciones. Con rosario en mano y una medallita del Papa para bendecir, Lola, una de las más veteranas del grupo de fieles de Abrera, se apea del autocar con los ojos brillantes, con la misma ilusión que una adolescente que aguarda a las puertas de un estadio a su ídolo musical. «Nunca había sentido tanta emoción. Quién me iba a decir a mí que vería al Papa. Aún no me lo creo», confiesa a ABC mientras intenta hacerse un hueco entre la multitud. A su alrededor, varios compañeros de la parroquia de Abrera, guiados por su párroco, Francisco García, se dirigen al sendero que les llevará al Estadio. Se les distingue por los pañuelos amarillo vaticano con el nombre de su parroquia. «¡Viva el Papa!», gritan jóvenes y no tan jóvenes cuando se cruzan con otros grupos de fieles en el camino de reencuentro con el Pontífice. Anna, de 26 años, sostiene con fuerza un pequeño rosario de madera. «Hemos rezado en el autocar y cantado sin parar. Todo es tan emocionante», comenta la joven, ilusionada. Ni el sol, ni la edad, ni sus invalidantes vértigos han detenido a Graciela, otra de las feligresas veteranas, que nada más levantarse se ha tomado sus pastillas para poder ver al Papa en directo. «Llevo más pastillas en el bolso por si acaso, pero allá voy», dice a ABC. Unos metros por delante, Gloria, otra compañera de aventura, confiesa la importancia que tiene para ella esta visita papal. «Tengo a mi hijo en la cárcel de Can Brians. Hoy tengo yo al Papa junto a mí y mañana mi hijo. Eso me da energía y recarga mi fe. Es una ayuda del cielo que nos lleva alegría y nos ayuda a superar esta complicada situación», apunta. Reconoce que apenas ha dormido la noche anterior. «Llevo meses pensando en cómo será ese encuentro con el máximo representante de Cristo en la Tierra. Me imaginaba este momento de muchas maneras, ahora sé cómo será», dice con la voz entrecortada mientras el murmullo de miles de personas llena la avenida. La subida hacia el estadio tiene algo de romería moderna. Entre teléfonos móviles que inmortalizan cada instante y voluntarios que orientan el paso de los asistentes, se escuchan conversaciones en catalán, castellano y otras lenguas llegadas con peregrinos extranjeros. Hay quien intercambia estampas religiosas, quien comparte agua con desconocidos o quien simplemente contempla el lento avance de la multitud hacia la cima de Montjuïc. En los alrededores del estadio, la espera avanza entre colas, controles de acceso y grupos que se van reencontrando antes de entrar. Algunos buscan sombra, otros se organizan por familias o parroquias y muchos aprovechan los minutos previos para hacerse fotos con las banderas vaticanas de fondo. Jazmín, de Sant Quirze del Vallès (Barcelona), aguarda junto a tres de sus cinco hijos mientras espera la llegada de los otros dos. La familia afronta la vigilia con el Papa con «mucha emoción» porque, según explica, «en Cataluña, no estamos acostumbrados a juntarnos tantos católicos para un acto religioso». También esperan la apertura de puertas Jesús, Claudia y Emanuel, una familia venezolana afincada en Barcelona. Han llegado con tiempo al Estadio Olímpico y resumen su presencia con una idea sencilla: vienen a «escuchar los buenos consejos» del Papa. Jesús, marido y padre, confiesa que espera vivir también «las sorpresas» de ver en directo al Santo Padre. Del nuevo Pontificado, la familia espera que León XIV consiga expandir el catolicismo a todas las partes del mundo. A pocos metros, dos hermanas peruanas que viven en Barcelona comparten una expectativa parecida, aunque cada una la expresa a su manera. María confía en que esta visita sirva para reavivar el compromiso religioso de muchos fieles: «Espero que la gente se comprometa más con la Iglesia gracias al Papa. La fe no se está perdiendo». Elisabeth, en cambio, pone el acento en el mensaje de concordia que atribuye al Pontífice: «El mensaje del Papa es que quiere la unidad de los católicos y todas las personas. Tengo esperanza en que el mundo va a cambiar con él». Pero no todos los que han subido hasta Montjuïc han logrado acceder al recinto. Las hermanas Susi Vázquez y Mari Carmen Vázquez, vecinas de L'Hospitalet de Llobregat, se han quedado a las puertas del Estadio Olímpico sin poder entrar. «No hay pases. Tendremos que conformarnos con verlo fuera», explican a ABC. Frente a la puerta de acceso al recinto, confían ahora en poder ver al Pontífice al menos a la salida del coche oficial. «Me han dicho que igual se da una vuelta con el papamóvil. A ver si tenemos suerte», añaden. La fe tampoco se pierde en la puerta siete del Lluís Companys.
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