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Alzad la mirada: serenidad, diálogo, verdad | Collector
Alzad la mirada: serenidad, diálogo, verdad

Alzad la mirada: serenidad, diálogo, verdad

Se comenta que la visita apostólica de León XIV es un alivio para Sánchez, no lo dudo, pero aún está siendo más balsámica para los muchos cansados de tanta corrupción, mentira, crispación y atrincheramiento en el poder, con daño a las instituciones fundamentales y los valores éticos que nutren y sostienen la democracia. El Papa Prevost hace de maravilla su trabajo, con serenidad, valentía y firmeza, así lo hemos visto tanto en las hermosas celebraciones de estos días como en sus dos imponentes discursos ante las Cortes Generales y en el Palacio Real, ante los Reyes; y también, cuando, frente al sinsentido de la guerra, ha respondido a los ataques de los líderes de su propio país: «no tengo miedo ni a la administración Trump ni a proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio». Prácticamente es la única autoridad moral universal que queda y la gente de bien –sea o no católica– lo agradece mucho. A cuantos dicen que la Iglesia no debe desperdiciar energías en cuestiones mundanas, les recuerda que el anuncio del Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos y que, desde la sabiduría acrisolada por la tradición cristiana, procede dialogando y abriendo caminos de discernimiento comunitario para afrontar los desafíos críticos de la humanidad. Estamos inmersos en una profunda crisis espiritual y cultural donde «el nihilismo y el pragmatismo terminan entrelazándose y normalizando errores gravísimos» (MH201). En gran medida, las enormes posibilidades digitales en lugar de favorecer el debate y la participación, se emplean para construir «narrativas divisivas y polarizantes». El Papa Prevost recuerda que la filósofa judía Hannah Arendt advertía que los «súbditos ideales» no son tanto los ideológicamente convencidos, sino aquellos para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción y entre lo verdadero y lo falso. Si eso se podía decir a mitad del siglo XX, qué no tendremos que decir hoy cuando la digitalización diluye la firmeza y la duración de lo fáctico, dando alas a que la información circule desconectada de la verdad de los hechos. Fácil lo tienen las teorías de la conspiración que adoptan la forma de microrrelatos calmantes de «ansiedades identitarias» creando artificialmente «enemigos» a quien culpar: los inmigrantes y refugiados se llevan la palma entre los más fáciles de estigmatizar. El resultado es que socialmente vivimos en la desconfianza, y, en la escena mundial, enfangados en un «multipolarismo desordenado y conflictivo» donde impera la ley del más fuerte dentro de una atmósfera bélica de arbitrariedad y desprecio al derecho internacional. El Papa agustino recordó en el Congreso la obra cumbre del 'ius gentium' de la Escuela de Salamanca llevada a cabo por Francisco de Vitoria y otros dominicos y jesuitas. Hoy necesitamos personas, comunidades e instituciones que no participen en la vida pública como facciones de meros intereses particulares, sino como cauces de encuentro y búsqueda compartida de la verdad, asumida como bien común, a través de vínculos de confianza y prácticas de diálogo honesto y responsable. Escuchando las diversas voces de la sociedad civil (cultura, educación, investigación, trabajo/empresa, deporte…) tejemos redes para el diálogo social. Esa misión precisamente se corresponde con el ser mismo de la Iglesia, que no existe para sí misma, sino para llevar al mundo la alegre noticia del Evangelio de Cristo, poniendo todos sus ministerios (servicios) bajo el signo del diálogo. Acontece esto si se deja interpelar por la realidad perturbadora del mundo, pensándolo críticamente y comprometiéndose junto a otros en su transformación desde el fundamento de la dignidad y los principios del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Esa misión reclama de la Iglesia vocación de donación y servicio, con una continua conversión de las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que internamente generan falta de transparencia o abuso. León XIV recuerda que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de la libertad y la responsabilidad entrelazadas con el cuidado recíproco y la solidaridad, y que el progreso se mide por el respeto a la dignidad de cada persona y por el bien común de los pueblos, no sólo por el aumento del PIB. Ese realismo crítico hunde sus raíces en la encarnación histórica del acontecimiento cristiano, que nos da fuerzas para vivir esperanzadamente en medio de tantos conflictos y tensiones, y llama a trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios, no para renegar de nuestra humanidad, sino para alcanzar nuestro ser más verdadero. Así percibimos que los límites no son simples defectos que hay que corregir, sino «lugares» donde el ser humano madura y se abre a la relación y al amor: «la finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro». Por eso no cabe arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano, como dijo el Papa en Cibeles. Al experimentar el límite –la vulnerabilidad, el dolor, el fracaso– podemos reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable, defender una ética coherente de la vida, convocar a la fraternidad y luchar contra la injusticia y a favor de la paz. La desigualdad y la inequidad en la distribución de la riqueza y la pérdida de límites morales del poder dañan a los humanos, sobre todo a los más débiles, y también a la naturaleza, casa común de todos. Hoy la «cuestión social» de León XIII se ha convertido en la «cuestión ecosocial» de León XIV, en un contexto de posmodernismo tecnológico cuyo estandarte es la IA. Alzando la mirada a Jesucristo, el Señor resucitado que es el crucificado, podemos caminar juntos y construir algo genuinamente humano sin despreciar la debilidad y viviendo nuestra vocación de colaboradores en la obra de la creación, no de espectadores resignados ante los procesos tecnológicos, las nuevas esclavitudes o las quiebras de la comunicación y la amistad cívica. En ese camino el Espíritu Santo infunde en el corazón/conciencia –santuario de la verdad– de cada uno «la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas» (MH 233). Para ello pide el Papa cultivar el silencio, la escucha y la interioridad , así como custodiar la palabra y de armar el lenguaje, para buscar juntos la verdad como logos que crea diálogo y así convivencia y comunicación. Santo Padre, mil gracias por levantarnos el ánimo e impulsarnos a alzar la mirada.

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