ABC
«Le ordeno a usted que me quiera», escribió Franco a Sofía Subirán, una novia de Melilla allá por 1913. No es extraño que la chica se quitara de encima a un enamorado así. Desde que se anunció su visita, el nacionalismo ordenó al Papa que hablara en catalán . «A algunos les gusta encender fuegos donde no los hay», replicó Juan José Omella. El Bifugado Puigdemont soltó barbaridades contra el cardenal arzobispo: «Rascas un poco, y el espíritu de la Inquisición española aparece enseguida», tuiteaba. No utilizar el catalán suponía para Puigdemont el «renacimiento del catolicismo franquista, opresor de minorías y cómplice de crímenes contra la humanidad». Desde que accedió al arzobispado, el separatismo -Òmnium, ANC, Junts, Esquerra- puso la proa contra Omella. El prófugo de Waterloo no le perdona que en la misa del 17 de agosto de 2017 por los atentados de la Rambla, aludiera a él como «presidente de la autonomía»; o que, a raíz del golpe secesionista, le recordara que había de cumplir la ley: «Si os la habéis saltado, ahora no esperéis según qué». El apostolado universalista de Omella molesta a quienes confunden Religión con Teología y promueven la confrontación contra el Estado. Las apelaciones del cardenal contra las políticas divisivas son también las del Papa: «Procurar evitar todo aquello que lleva a la división y el enfrentamiento». Sin las gestiones de Omella ni la gaudiniana torre de Jesús el Papa no estaría en España. El Santo Pontífice señala a Dios y los filólogos patrioteros miran el dedo como el necio de la fábula oriental: ordenan ser queridos. «Huir de enfoques identitarios…» Ni caso. Como comentaba Sergi Pàmies en La Vanguardia, «se le exige más conciencia lingüística al Papa que a muchos catalanohablantes». Con ese ambiente no es extraño que un señor -catalanohablante, por cierto- lamente que «en Madrid todo ha ido como una seda y aquí todo van a ser problemas». Entre los problemas, la huelga del sector educativo que amenaza con interferir en la visita papal. Si uno entra en una iglesia en la misa solo verá cristianos de Latinoamérica, África y Filipinas, que son los que sostienen a la Iglesia de Pedro. Casi siempre es a primera o última hora porque esos fieles son clases subalternas que trabajan a jornada completa. El prior de la Orden de San Agustí en Barcelona es el filipino Dennis Pineda. Y el tanzano Faustino Mlewga, rector de la iglesia de Sant Agustí en el Raval que mañana visitará el Papa, espeta a los monolingües que «no se puede reclamar catalán, estamos en España y el español es nacional». La urgencia social no sabe de lenguas. ¿Exigimos al hambriento el Nivel C1 de catalán? Los votantes de Junts -como la angloparlante Míriam Nogeras- solo van a misa los fines de semana; eso si no se largan a la masía del Ampurdán o la Cerdaña. Lo sabe el Papa al advertir que la religiosidad «no puede ser un museo del pasado». Repique de campanas y la enseña de las Llaves de San Pedro en el balcón del Palacio Episcopal donde se hospeda León XIV. La multitud frente a la Catedral no blasona de identidades: algún heraldo vaticano enlazado con la bandera rojigualda y pañuelos azules como el lema de la visita papal: «Alcem la mirada». Tras una larga espera, calor pegajoso, barcelonísimo setenta por ciento de humedad, el Papa saluda a los congregados y entra en la Catedral. Tras postrarse ante el Santo Cristo de Lepanto -la imagen más venerada por los barceloneses- inicia la Liturgia de las Horas. La homilía de la Hora Sexta alterna castellano y catalán. Abundancia de las palabras «juntos», «unidos» y «todos». Bautizados en un mismo Espíritu, «caminar juntos, todos, fieles y pastores tras las huellas de Cristo hacia la plenitud de la vida», lee el Papa. «Hombres de toda tribu, lengua o nación… Todos llamados a la misma Santidad. Trabajar juntos no es una elección de «estilo» sino una necesidad fisiológica. Somos fuertes porque estamos unidos el Espíritu de Cristo». El Sumo Pontífice pide a los barceloneses ser «constructores de unidad». León XIV ora en la cripta de Santa Eulalia, copatrona de Barcelona junto a la Virgen de la Merced. Al salir a la plaza agradece la paciencia y alegría de los fieles. Luego contempla en el claustro catedralicio «l'ou com balla» del Corpus (un huevo sostenido por el chorro de la fuente). Cerca del Palacio Episcopal se encuentra la plaza de san Felipe Neri. Al oratorio de la iglesia, como cada día, iba Antoni Gaudí aquel 7 de junio de 1926 cuando le atropelló un tranvía. El arquitecto atravesaba la plaza de la Catedral y saludaba con el sombrero a la hornacina de San Roque en la torre romana. Quienes utilizan a Gaudí como icono nacionalista ignoran que fue, por encima de todo, un hombre de fe. Si Gaudí no hubiera muerto en 1926 le habrían asesinado diez años después los anarquistas que asaltaron la Sagrada Familia. El arquitecto habría dado la vida por su obra. Hoy hablaríamos de Antoni Gaudí, mártir. Que la izquierda que quemaba iglesias en una Cataluña donde perecieron casi tres mil personas celebre la visita del Papa es un avance de la convivencia, aunque solo sea para encubrir las corrupciones del sanchismo. El Estadio Olímpico de Montjuïc donde se celebra la vigilia de oración lleva el nombre de Lluís Companys, el presidente de la Generalitat que fue incapaz de contener la matanza de católicos. A eso se refirió Benedicto XVI en 2011: alertó de un retorno de los años treinta en España por el «laicismo agresivo» de Rodríguez Zapatero. Pero, cosas de la memoria oficial y sin matices, el Papa solo sabrá del Companys fusilado por Franco. El rumor de fondo de la 'Huelga del Papa' que han convocado unos docentes con mitras de 'Habemus caos' o 'No habemus acuerdo' decae a primera hora de la tarde. La convocatoria ha pinchado: poco más de un diez por ciento del sector. Cabría preguntarse si, además de las mejoras salariales y de las condiciones laborales, habrá que exigir más calidad a los enseñantes. Cuarenta mil almas en Montjuïc. Los miles de jóvenes que aclaman al Santo Padre contradicen a la actriz que despreciaba la película 'Los domingos' en los premios Goya: «Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado». La gracieta progre del «chiringuito» recuerda aquella ironía de Stalin: «¿Cuántas divisiones tiene el Vaticano?», preguntó a Churchill. Oración de Vigilia en Montjuïc. Mañana, tras la visita a Can Brians y la parroquia de Sant Agustí, el Papa bendecirá la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, templo expiatorio de los desmanes anticlericales. Los separatistas Quim Torra y Sílvia Orriols no asistirán si la ceremonia no se realiza en catalán. El Dedo y la Luna. Filología excluyente o Teología redentora. ¿Dejarán en casa las «esteladas»?
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