COPE
Un padre, el propio nombre lo indica, es el Papa, el padre de los fieles católicos, pero este martes, en Barcelona, ha sido un padre como el tuyo o el mío, un padre que aconseja, que te dice lo que es mejor para ti, que consuela en los momentos duros, que ayuda en las decisiones más difíciles y que aporta luz cuando todo parece oscuro. La primera pregunta viene desde un joven que se acaba de bautizar y le cuestiona al Santo Padre sobre algo que le preocupa: «Crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen.» decía el joven sobre un pensamiento incrustado en la sociedad que le afectó personalmente, «le pregunto: ¿Cómo podemos mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa, cuando la sociedad nos empuja a mirar constantemente hacia el suelo o solo a nosotros mismos? ¿Cómo podemos descubrir nuestra verdadera vocación en medio de esta corriente?», terminaba el nuevo católico. El Papa ha comenzado agradeciéndole que compartiese su testimonio y felicitándole a él y a todos los que han recibido recientemente el sacramento del bautismo. Sobre esas vivencias tratando de encajar en lo que creemos que se espera de nosotros, sintiéndonos vacíos muchas veces, encontrando una falta de significado profundo, el Papa ha pedido «cultivar la inquietud», «descubriendo el valor de una vida más humana». León XIV ha explicado lo que quiere decir con eso: «Esto significa que, a pesar de las dificultades, el lugar en el que Dios se hace presente y donde debemos encontrar sus huellas es siempre en la realidad donde nos encontramos. Creemos que el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones de la vida y de la historia, incluso en aquellas que parecen más difíciles. Pero debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios, y también tratando de hacer este camino interior junto con otros, dejándonos acompañar en los itinerarios eclesiales y confrontándonos con los sacerdotes, los religiosos, las personas que como nosotros han emprendido este camino.» La segunda cuestión ha llegado desde una chica que ha sufrido mucho, de un dolor muchas veces invisible al prójimo, de una dolencia muchas veces invisibilizada e incluso despreciada o juzgada injustamente. Una chica que ha sufrido depresión: «Yo misma luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida, pero hay muchos otros que continúan enfrentándose a esta oscuridad. Por eso, le pregunto de todo corazón: ¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más? ¿Cómo podemos confiar en Dios, cuando parece que nada, ni uno mismo, vale la pena?» La pregunta es un retrato de una generación, de un momento histórico, de una plaga que afecta a multitud de personas presas de una dinámica autodestructiva en la que, a veces, lo peor es que no queda lugar para la esperanza. León XIV se ha mostrado conmovido: «Me conmueve que puedas hablar de ella, que estés aquí entre nosotros y que hayas encontrado la fuerza de acoger esta segunda posibilidad que el Señor te ha dado. Te has levantado y has retomado el camino y este es un milagro maravilloso que vemos en muchos personajes del Evangelio: en contacto con Jesús, aun quien se siente perdido recobra confianza en la vida, sana de la enfermedad y puede levantarse para volver a vivir» Acto seguido, el Papa se ha mostrado reivindicativo y, como viene siendo habitual, muy valiente y contundente: «Es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas. Es una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales. Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes.» Ha añadido un mensaje esperanzador: «Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes, a toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre.» Llegamos a este punto con las emociones a flor de piel, se ven ojos llorosos en las gradas e incluso entre el propio Papa. Y entonces Desiré, una estudiante de 29 años, se pone delante del micrófono y comparte con el Estadio de Montjuic, con España, con todo el mundo y, sobre todo, con el Santo Padre, un testimonio desgarrador: «Vengo de una familia de un barrio muy humilde de Barcelona. De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas. A los diez años los servicios sociales se hicieron cargo de mí, y me llevaron al centro de menores de San José de la Montaña». El testimonio lanza una pregunta que podría decirse que es de santidad: «Poco a poco experimenté por primera vez el amor de familia, y mi corazón se fue abriendo. Allí me hablaron de Jesús, empecé a rezar y me bauticé. Pero en mi adolescencia me rebelé contra Dios muchas veces. Me invitaron a un retiro y allí por primera vez experimenté el amor de Dios. Pero han pasado unos meses, y aún me cuesta perdonar a mi padre. Y a veces levanto los ojos al cielo y le pregunto ¿dónde estabas cuando era una niña? Santo Padre, ¿cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre? ¿Cómo puedo reconciliarme de verdad con Dios?» «Es realmente un signo de la gracia de Dios que esta pregunta surja de un pasado tan marcado por el sufrimiento y que, a pesar del dolor, se tenga la valentía de preguntar cómo es posible perdonar a quien nos ha hecho mal», aseguraba y reconocía el Papa en su respuesta. «¿Debemos preguntarnos “dónde estaba Dios” o debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás, sobre cómo no logramos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad y libertad?», se preguntaba el Pontífice, que ha culminado su consejo fraternal diciendo: «Es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia, es un trabajo que debemos hacer con nosotros mismos, tanto personalmente como por medio de otros itinerarios de acompañamiento y reconciliación interior. Y es necesario no desanimarse: en el perdón se avanza con pequeños pasos. La reconciliación con la historia es gradual y, sobre todo, no debemos pensar que el perdón equivalga siempre y en todos los casos a volver a la situación anterior o a vivir una relación plena con quienes nos han herido, especialmente cuando el hecho ha sido marcado también por la violencia. Se puede permanecer en la buena disposición del corazón hacia la persona, rechazar toda forma de odio o de venganza, esforzarse por reparar la relación en la medida de lo posible y, quizá, rezar por él o por ella: esto nos ayuda a entrar cada vez más en la dinámica del perdón y a reconciliarnos con Dios y con los demás».
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