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Hay discursos que reclaman un titular para cada una de sus frases. Otros que, con una cuidada pedagogía, cautivan al espectador desde sus primeras palabras. Y luego están los que, sin necesidad de eslóganes efectistas, revelan una forma profunda de entender la realidad. Las respuestas que León XIV ha ofrecido en la tarde de este martes a tres jóvenes catalanes en Barcelona pertenecen a esa última categoría. En un Estadio Olímpico de Montjuïc abarrotado por cerca de cuarenta mil personas, los jóvenes, esa generación que ahora parece acercarse de nuevo a la Iglesia, han tenido prácticamente todo el protagonismo, una vez amortizado el impacto de la alta presencia del catalán en sus discursos. Y, en concreto, tres de ellos: un recién bautizado que preguntaba por el sentido de la vida en una sociedad obsesionada con el éxito; una joven superviviente de una depresión que la llevó a intentar suicidarse ; y otra marcada por la violencia familiar que quería saber cómo perdonar a un padre que estuvo a punto de matar a su madre. Había material suficiente para la sensiblería, las respuestas piadosas, las frases hechas y los lugares comunes. Afortunadamente, León XIV ha elegido otro camino. En vez de evocar tiempos pasados como mejores, demonizar el mundo actual como una realidad decadente o culpar a las nuevas generaciones de su propio mal, el Papa ha preferido actualizar, hacer 'centennial' , las propuestas evangélicas. Aunque eso no le ha impedido lanzar una crítica severa a la sociedad contemporánea cuando ha explicado que «la idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormecer nuestra conciencia». Una idea contracultural, pero que no implica romper con la sociedad. «Es en este mundo donde debemos cultivar la inquietud, no en otro», ha completado el Papa. «Estamos hechos a medida del infinito y, por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista», invita a seguir buscando, pero a «buscar descendiendo interiormente», es decir, yendo a lo profundo. Ha sido en la cuestión de la salud mental donde el Pontífice ha reconocido la depresión como «una enfermedad silenciosa». Al escuchar el testimonio, entrecortado entre sollozos, de Carmina, una joven que se planteó suicidarse, ha destacado que «la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas». Una realidad que el Papa ha denunciado como «una señal de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales». «Por eso se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes», una frase que ha sido acogida con aplausos. A partir de una catequesis de Benedicto XVI, ha recordado que «frente a las situaciones más difíciles y dolorosas, cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón». «Gritándole» o «protestando» incluso, seguros de que «de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla». Y ante estas experiencias, el mensaje más directo de León XIV, que de alguna forma incluso ha reescrito todo el sentido de lo vivido hasta ese momento, ha llegado cuando ha clamado que «no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la «voluntad de Dios» o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas». «Dios no quiere el sufrimiento», ha clamado el Papa ante los jóvenes, para completar que «lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante». La referencia al riesgo de «espiritualización del dolor» resuena con fuerza entre los diversos testimonios escuchados estos días, que precisamente han incidido en dramáticas historias personales, recorridos vitales por lo más profundo del ser humano hasta encontrar una respuesta en la conversión, en el encuentro con Cristo. Una práctica que también se repite en otras realidades eclesiales, como los denominados «retiros de impacto». El llamamiento del Pontífice invita, en cambio, a evitar esa exhibición del sufrimiento. Los testimonios han sido un largo preludio de la celebración de la Palabra. Después de escuchar a los jóvenes y responder sus preguntas, en una homilía pronunciada tras rezar con ellos, ha constatado cómo las historias que escucha en estos encuentros son «expresión de nuestra búsqueda continua», pues las personas comparten el «hambre y sed de verdad, buscamos un significado pleno que nos sostenga, nos anime y nos ayude a comprender el misterio de nuestra vida». «Estamos llamados a dialogar con la penumbra de nuestra misma condición humana en busca de una luz que ilumine el camino», ha reconocido. Ha dicho que el camino de la fe «no es una senda paralela, sino entrelazada», en la que incluso se experimenta «la fatiga de creer». «Estas noches nos despojan y nos devuelven a lo esencial; nos quitan las máscaras humanas y religiosas que usamos de día, para que no nos reconozcan o para dar una imagen de nosotros diferente de lo que somos», ha asegurado. «Por eso, estamos llamados a no juzgar las 'noches'; ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodea», ha añadido. Es el momento de preguntarse: «¿Qué estamos llamados a cambiar? ¿Dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?». «No dejemos de buscar, de cuestionarnos y de dialogar, con Dios y entre nosotros, también en el corazón de la noche», ha sugerido. «Caminemos juntos en la fe que armoniza la diversidad de nuestras ideas y sensibilidades, para buscar la verdad que nos guía hacia el bien común, para que este país sea un espacio acogedor para todos, donde cada uno sea respetado en su dignidad de persona y amado por lo que es», ha propuesto.
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