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Cuando hace seis años llegó a casa aquella criatura celeste y amarilla de felpa, con sus costuras imposibles y sus agresivos colmillos, me pareció un error de diseño, un intruso estético, un dragón que desafiaba cualquier canon de belleza. Sin embargo, para mi nieta, el peluche no era un objeto, sino una posibilidad. Lo llamó Blue, así, sencillo, como si el nombre pudiera suavizar cualquier aspereza.
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