La Opinión de Málaga
Mucho se ha escrito estos días sobre la muerte de la cineasta iraní, Marjane Satrapi. No tanto por el hecho biológico en sí, que a todos nos aguarda y que es, a un tiempo, ordinario y extraordinario. Tampoco por la popularidad de la creadora de "Persépolis", sino sobre todo por cómo se produjo su fallecimiento, o más bien cómo se nos ha dicho que se produjo: murió, dicen, de pena. Esa tristeza no vendría causada por la situación política que atraviesa su país de origen, ni por la penúltima guerra, sino por la desolación que le causó la muerte, un año antes, de su marido, Mattias Ripa, de la que nunca se recuperó. Lo de morir de pena sólo lo había leído en cuentos medievales y se lo había oído a mi abuela para referirse a la muerte de mi abuelo, muchos años atrás. Lo dijo con una naturalidad pasmosa, mientras enhebraba una aguja con aquella habilidad suya, sin medir quizá el efecto que semejante comentario podía producir en el niño que yo era, un ser por definición ajeno al concepto de la muerte, un pequeño humano con gafas que epitomizaba la vida. Mi abuelo, ya lo he contado en algún artículo anterior, murió de pena, como Satrapi, siempre según esa versión oficial y forense de la familia, varios años después de haber sido condenado por un Tribunal Militar a la expulsión del Ejército (no hubo pelotón de fusilamiento macondiano en nuestra historia). Fue, pues, una muerte lenta de más de 15 años, durante los cuales nacieron mis tíos y mi madre, que Dios guarde. Pero, ¿puede uno morir de pena?. He leído en artículos más o menos científicos publicados a raíz del suceso Satrapi que no, que uno muere de cualquier disfunción orgánica, en última instancia de una parada cardíaca, pero no "de pena". No vale semejante fórmula como causa de la muerte en un informe forense. La ciencia y la poesía casan mal, y la melancolía que atrapó a Satrapi es quizá la tierra de nadie entre ambas trincheras. En derecho se dice que "la causa de la causa es la causa del mal causado", un trabalenguas que viene a apuntar al origen de una determinada consecuencia no azarosa ni venturosa como la génesis primigenia de ésta. Por lo tanto, siguiendo ese criterio jurídico, Marjane Satrapi sí que murió de pena, pues fue la pena lo que le causó los males orgánicos definitivos. Y, pese a que el hecho es triste en sí, la versión oficial me parece, por una vez y a diferencia de todas las versiones oficiales, evocadora y maravillosa, como casi todo lo que viene de la cultura persa. Tiene la fuerza irrebatible de la verdad, envuelta en el celofán de un cierto misticismo. Nos ofrece un epitafio circular para quien vivió a fondo, con pasión en todo lo que hacía, una persona libre y sin miedo que no se frenaba ante nada ni nadie, y que tampoco quiso domeñar sus pasiones en la hora final. Se trata, en cierto modo, de una muerte por libre albedrío, la de alguien a quien no le compensa seguir viviendo con ese insufrible "chagrin" que la embargaba. El arbitrio de quien decidió forjar su destino final sin necesidad de ayuda médica ni farmacológica, ni de un río en el que sumergirse con piedras en los bolsillos como Virginia Woolf, sino por la vía del deseo irrefrenable de querer unirse al ser amado en el más allá. Una muerte de poeta, de artista, un óbito shakespeariano, el triunfo crepuscular de la voluntad propia, humana, por encima de la divina. Entronca el adiós de Satrapi con la tradición sufí, con Rumi y la idea de que la muerte es una boda, la reunión definitiva con Dios, con los sentimientos del protagonista de “Pollo con ciruelas”, -otra película suya- y con la surrealista epopeya del Sr.Badii en "El sabor de las cerezas" de A. Kiarostami, mientras recorre las colinas de Teherán buscando a alguien que le ayude a morir. Una muerte, pues, cinematográfica. Creíamos que el amor y la muerte se escapaban a nuestro propósito vital, que eran fenómenos sobrenaturales que nos arrollaban sin preaviso. Satrapi ha demostrado que no es así, y que quizá son dos conceptos tan intrínsecos a la vida, tan indisolubles de la existencia, que una princesa del espíritu como ella -como decía Von Rezzori- puede convertirlos en sinónimos, ejerciendo el privilegio, como en sus películas, de escribir el relato de su propio final.
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