ABC
El papamóvil encaraba el tramo final de su recorrido por la calle Rosellón, y Pilar ha roto a llorar. «Qué vergüenza», decía, mientras se enjuagaba las lágrimas con un pañuelo de papel. Le ha invadido la emoción y, acto seguido -«¡qué vergüenza!»- el pudor ante la misma. «El mundo...mucha gente...necesita un milagro», farfullaba. La mujer, filóloga, ha acabado por confesar: «Ojalá tuviese fe». Tras ello, una reflexión sobre la admiración que profesa hacia los creyentes, del culto que sean. La de Pilar es una de las miles de historias tras las personas que, durante horas han esperado apostados tras las vallas, en un tramo de poco más de un kilómetro hasta que el Pontífice ha llegado a la Sagrada Familia. Unas horas antes, cuando el Papa aún se encontraba en la parroquia de Sant Agustí, una anciana, Teresa, teorizaba sobre arquitectura, y loaba a Antoni Gaudí, para criticar la obra de Subirachs en la basílica. «No me gusta nada. Cuando era pequeña, correteaba por la basílica, y no era como ahora». Los recuerdos, y aquel manido 'cualquier tiempo pasado fue mejor'. Una mujer venezolana, junto a su marido, contradice a Teresa para defender la belleza del edificio, pero la anciana no da su brazo a torcer. «La estrella [que la corona] sí me gusta», concede finalmente, tras un acalorado debate en el que ella lleva la voz cantante. A su lado, Adriana, una mujer de origen colombiano, que trabaja como enfermera en el Hospital del Sagrat Cor. «Vengo sólo a hacer una foto para mis padres, les hará ilusión», explica. Entonces Teresa -que se llama Teresa de Jesús, presume- decide explicarle su periplo vital. Se separó tras 42 años de matrimonio con un individuo que la engañó desde que ambos tenían 21, y ya dos hijos. La unión fue un «calvario». «No hablábamos. Yo estaba en un lado de la casa, y él, en la punta opuesta», explica la vecina del barrio de Sagrada Familia. Tras ese matrimonio fallido, se separó y encontró al hombre de su vida, con el que lleva ya 14 años. Adriana no parpadea, y hace de reportera con la anciana, que se niega a posar para una foto. Cuando intenta ponerse de puntillas, ve varias banderas 'esteladas' y reprocha el gesto: «¡Qué necesidad!». Unos metros más atrás, ya alejados de la primera fila para ver el paso del papamóvil están Antonio Queralt Balaguer y su mujer, María Teresa Robert Ribé. Ella pide citar su segundo apellido «porque tengo una prima que se llama igual que yo». Sonrientes y expectantes celebran la visita del Papa, porque la de Benedicto, apunta ella, «fue un visto y no visto». A Antonio le hubiese gustado que León XIV «hablase más en catalán», y lo dice con una gran sonrisa, ante el ceño fruncido de su mujer, como un crío 'cazado' en plena travesura. Si hay algo que ambos agradecen es que el Pontífice haya propiciado «que gente tan diferente salga a la calle». Esa comunión entre extraños para recibirlo. «Mira a tu alrededor, no tenemos nada que ver y...sin embargo...», constata un emocionado Antonio. En otro tramo del recorrido, María Teresa, ya jubilada, ha bajado una de las sillas de su casa para esperar al Papa. «Podía haberme quedado en el balcón de mi piso, pero se está mejor acompañado», dice, mientras señala a sus amigas, también en primera fila. «Antes hemos pedido permiso a los Mossos», aclara. Un grupo de ancianas que, fe mediante o no, han decidido salir a la calle, sobre todo, para huir de la soledad de sus casas.
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