El Plural
España encara una nueva campaña de alto riesgo frente a los incendios forestales en un contexto marcado por el aumento de las temperaturas, la acumulación de combustible vegetal en amplias zonas rurales y el desafío permanente de garantizar recursos suficientes para la prevención. Tras varios años en los que los grandes fuegos han dejado miles de hectáreas calcinadas y una creciente preocupación social, administraciones, servicios de emergencias y expertos coinciden en que la batalla contra los incendios no se libra únicamente durante los meses de verano, sino durante todo el año. La llegada de episodios de calor cada vez más tempranos y prolongados ha alterado significativamente el calendario tradicional de los incendios. Lo que hace apenas dos décadas se concentraba entre julio y agosto se extiende ahora desde finales de primavera hasta bien entrado el otoño. Esta ampliación de la temporada de riesgo obliga a mantener dispositivos operativos durante más tiempo y multiplica la presión sobre unos sistemas de prevención y extinción que deben adaptarse a una realidad climática cada vez más exigente. Los especialistas en gestión forestal advierten de que el principal problema ya no reside únicamente en la aparición de incendios, sino en su comportamiento. Los denominados incendios de sexta generación, caracterizados por su elevada intensidad, velocidad de propagación y capacidad para alterar incluso las condiciones atmosféricas de su entorno, representan uno de los mayores desafíos para los operativos de emergencia. Estos fenómenos han sido observados en distintos puntos de la Península durante los últimos años y han obligado a replantear estrategias que durante décadas fueron eficaces. El cambio climático constituye uno de los factores que explican esta evolución. El incremento de las temperaturas medias, la reducción de la humedad del suelo y la sucesión de períodos de sequía favorecen la existencia de masas forestales más vulnerables al fuego. Sin embargo, los expertos subrayan que el origen del problema es más complejo y está estrechamente relacionado con las transformaciones demográficas y económicas que han experimentado amplias zonas rurales. El abandono progresivo del campo ha provocado una acumulación de biomasa sin precedentes. Miles de hectáreas de antiguos cultivos, pastos y terrenos aprovechados históricamente por agricultores y ganaderos han sido colonizadas por matorral y vegetación espontánea. Esa continuidad forestal facilita que cualquier incendio encuentre grandes cantidades de combustible y pueda extenderse durante kilómetros sin apenas barreras naturales. En este sentido, numerosos especialistas defienden que la prevención pasa necesariamente por recuperar actividad económica en el medio rural. La ganadería extensiva, la gestión forestal sostenible, los aprovechamientos madereros y las actividades agrícolas tradicionales son considerados herramientas fundamentales para reducir la carga de combustible y generar paisajes más resistentes al fuego. La denominada "España vaciada" se ha convertido así en una de las claves del debate sobre la prevención de incendios. Allí donde desaparecen habitantes, explotaciones agrícolas y actividad económica, aumenta la vulnerabilidad de los montes. Los expertos recuerdan que durante décadas fueron los propios habitantes del territorio quienes realizaban labores de limpieza, mantenimiento y vigilancia que hoy resultan mucho más costosas para...
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