COPE
La penúltima cita de San Isidro volvió a colgar el cartel de No hay billetes, pero la corrida de Juan Pedro Domecq no terminó de responder a las expectativas, muy alejada del primer encierro que lidió en este San Isidro. Un conjunto desigual en comportamiento, duro y con escasas opciones de lucimiento, que acabó teniendo en la entrega de Clemente y en la torería de Uceda Leal sus principales argumentos de interés. La tarde quedó inevitablemente marcada por la actuación del diestro francés. Primero ante el sobrero de Montalvo que sustituyó al segundo titular, un toro con movilidad pero escaso fondo al que Clemente intentó dar forma con suavidad y buen concepto. Buscó siempre el sitio adecuado, apostó por los medios y dejó una labor seria, aunque sin terminar de conectar con un animal que nunca acabó de romper hacia adelante. Una estocada eficaz puso fin a una faena de mérito silencioso. El momento decisivo llegó con el quinto. Ya desde la portagayola quedó patente que no iba a regalar nada. El francés libró por milímetros una arrancada comprometida y, a partir de ahí, construyó una actuación de enorme compromiso frente a un toro exigente, de embestida incómoda y constantes avisos. Clemente se cruzó, tragó y buscó siempre el pitón contrario, intentando gobernar una embestida áspera que exigía mucho más de lo que ofrecía. Cuando el público comenzaba a valorar la dimensión de su esfuerzo llegó la cogida. El toro lo prendió con violencia, provocándole una grave luxación de codo que puso fin a su actuación y lo condujo a la enfermería entre el reconocimiento unánime de Las Ventas. Tampoco tuvo suerte Uceda Leal con el lote sorteado. El primero fue un toro reservón y de escasa entrega al que el madrileño intentó convencer desde la suavidad y el oficio, sin encontrar respuesta. Más interés tuvo su actuación ante el cuarto. Madrid le recibió con una ovación cargada de respeto y el veterano torero respondió con una demostración de torería desde el primer instante. Hubo detalles de enorme gusto, un inicio lleno de intención y pasajes de pureza frente a un toro rebrincado y poco agradecido. No fue una faena de premio, pero sí otra muestra del poso y la sinceridad que caracterizan a uno de los toreros más respetados por la afición venteña. La tarde de Pablo Aguado volvió a transitar por terrenos discretos. Su primero nunca quiso entregarse y el sevillano acabó chocando una y otra vez contra una embestida deslucida y sin humillación. El sexto tampoco ofreció demasiado. Aguado dejó algunos detalles aislados de su característico gusto, especialmente con el capote, pero la falta de ritmo y clase del animal impidió cualquier posibilidad de vuelo artístico. Así se cerró una feria en la que el sevillano no encontró el escenario propicio para mostrar su mejor versión.
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