ABC
Los discursos del Papa León XIV en España, al menos, los pronunciados hasta este momento, están calibrados milimétricamente. La densidad conceptual, propia del buen magisterio, ofrece la impresión de que León XIV quiere, con la fuerza performativa de su palabra, dejar delimitada la geografía de la propuesta cristiana, el lugar que la Iglesia, «experta en humanidad», y los cristianos deben ocupar en el mundo. Como si quisiera aprovechar la oportunidad para una nueva formulación de lo que significa ser cristiano. Si ya teníamos su primera Encíclica 'Magnifica humanitas', reiteradamente citada estos días, ahora contamos con su aplicación a la realidad española. Comenzó la visita en el Palacio Real con un discurso complejo de profunda psicología agustiniana -un tránsito permanente de lo interior a lo exterior y viceversa-. Ahí asentó las bases de la relación de la Iglesia con la sociedad y el Estado. Había mucha expectativa y el Papa no defraudó con una lógica que partía de la historia, convertida en patrimonio y servicio. La historia es punto de arranque de sus intervenciones en la mayoría de las ocasiones. La historia no lo es sin la memoria, un concepto varias veces utilizado por el Papa. Memoria del «vínculo antiquísimo entre la fe cristiana y esta tierra», pero también, en el marco de la solemnidad del Corpus Christi , «memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo». Memoria «histórica», que en el caso de las procesiones del Corpus Christi «no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro.» Hablando en el Palacio Real y en la Vigilia de la memoria de la vida, León XIV muestra una especial predilección por el siglo XVI español en sus santos: San Juan de la Cruz, Santa Teresa, de Jesús, San Ignacio de Loyola, Santo Tomás de Villanueva, Santo Toribio de Mogrovejo. Siglo en que el que se asentaron las bases de la modernidad según la fe católica. Una modernidad que fracasó, por cierto. León XIV no pudo ser más sincero en el Palacio Real: «Vengo -dijo- entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación». De lo que se trata, por tanto, es del presente y del futuro. Por eso se preguntó en el encuentro con el mundo de la cultura, el arte, la economía y el deporte: «¿Qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?». La tentación hoy, como dijo en el Palacio Real, es «ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada». Por cierto que a la hora de referirse a los más necesitados el Papa recurre a su Exhortación apostólica 'Dilexi te' sobre el amor hacia los pobres, como ocurrió en su visita al centro Cedia . Para responder al clima de nuestro tiempo, lo que se necesita es cultura, y ahí, con su texto en el encuentro 'Tejer redes', León XIV ha asentado las bases de la creación de una cultura cristiana, creativa, «la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad», señaló. Una cultura que lo es también de la interioridad, y por tanto destinada a «una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia». «La Iglesia católica está al servicio de esta sed del corazón humano» y por eso, insiste León XIV, «cabe preguntarse con honestidad si el mundo —y en particular Europa— habría forjado su identidad sin la huella espiritual que ha impregnado su historia. No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano». No hay que confundirse. Es un viaje a España, pero también lo es a Europa, destino de no pocas referencias, como la del Movistar Arena, cuando se preguntó si «en serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo». Al término de la misa de ayer un obispo me escribía un ilusionado mensaje en el que, entre otras cosas, decía: «Ahora hay que estudiar y releer sus mensajes». Luz para tiempos de claroscuros.
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