Diario CÓRDOBA
«¡Que ya empieza!», gritó un niño desde el salón de su casa. Segundos después, apareció su padre con un botellín en la mano. Hacía calor, así que los dos iban con pantalones cortos de pijama y camisetas cutres; notaban el frescor del aire acondicionado en la piel. Sobre la mesa había un poco de todo: tortilla de patatas, salmorejo, queso. El niño se sirvió gazpacho, y las piedras de hielo de su vaso crujieron; en ese momento pensó que el color de su bebida se parecía al de la pista de tenis. Ambos se acomodaron en el sofá y se frotaron las manos, nerviosos y felices. Ese domingo no dormirían la siesta; ese domingo, 5 de junio de 2005, Nadal jugaba la final de Roland Garros.
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