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El día que una ola de melaza de 8 metros engulló Boston y mató a 21 personas: "El olor emergía del asfalto" | Collector
El día que una ola de melaza de 8 metros engulló Boston y mató a 21 personas:
Cope Zaragoza

El día que una ola de melaza de 8 metros engulló Boston y mató a 21 personas: "El olor emergía del asfalto"

Era un frío día de invierno. Aparentemente, un día como cualquier otro. Hasta que quedó marcado en la historia negra de la humanidad. Era el 15 de enero de 1919, el silencio de un barrio de Boston se rompió con un estruendo seco. Un gigantesco depósito industrial con 8 millones de litros de melaza cedió sin previo aviso, liberando una ola de 8 metros de altura que avanzó a más de 50 kilómetros por hora. La avalancha, espesa y pegajosa, arrasó todo a su paso, dejando una capa de hasta 90 centímetros de altura. El balance fue devastador: 21 personas murieron y 150 resultaron heridas. Aún hoy, más de un siglo después, hay quien asegura que en los días más calurosos, el olor a melaza todavía parece emerger del asfalto. Según le ha contado a Adolfo Arjona el corresponsal en Estados Unidos de la CADENA COPE, David Alandete, el desastre estaba anunciado. “El tanque no cedió por azar, cedió porque estaba mal construido. Las planchas de acero eran demasiado finas, los remaches no resistían la presión y la estructura nunca fue probada como debía”. La empresa, United States Industrial Alcohol Company, sabía que el tanque perdía melaza, pero en lugar de arreglarlo, “lo pintó de marrón para disimular las fugas”. La viscosidad del fluido hizo que el rescate fuera una pesadilla. Quienes caían en la masa quedaban atrapados. “La melaza no mata por ser dulce, mata por peso, volumen y velocidad”, señala Alandete. Muchos fallecieron por ahogamiento. La limpieza también fue una tarea titánica que se prolongó durante meses, dejando a la ciudad pegajosa durante mucho tiempo. Boston es una ciudad marcada doblemente por la tragedia. El 15 de abril de 2013, durante la celebración de su popular maratón, dos explosiones casi simultáneas estallaron en la línea de meta. Los artefactos caseros, ocultos entre la multitud, causaron la muerte de 3 personas y dejaron más de 260 heridos, muchos con amputaciones graves. Los responsables fueron los hermanos Tamerlan y Yohar Sarnayev, que actuaron en represalia por las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán. El siglo XXI comenzó con una herida que cambiaría el mundo. El 11 de septiembre de 2001.  Aquella mañana, un grupo de terroristas secuestró cuatro aviones comerciales en Estados Unidos. Dos de ellos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York: el primero a las 8:46 de la mañana y el segundo a las 9:03. Minutos después, a las 9:37, un tercer avión se estrelló contra el Pentágono. El cuarto, que se dirigía presumiblemente a otro objetivo en la capital, cayó en Pensilvania tras la resistencia de los pasajeros. Ese día, el mundo cambiaba para siempre. En menos de dos horas, las dos torres gemelas colapsaron. El balance final fue devastador: cerca de 3.000 personas murieron y más de 6.000 resultaron heridas. Víctimas de más de 90 países perdieron la vida en los atentados. Años antes, el 26 de abril de 1986, la humanidad se enfrentó a otro tipo de horror: la peor catástrofe nuclear de la historia. Durante una prueba de seguridad en la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, el reactor número 4 explotó. Uno de los operarios gritó en la sala de control: “¡Ya no hay núcleo, ha explotado, el núcleo ha explotado!”. La explosión liberó una lluvia radioactiva 400 veces superior a la de la bomba de Hiroshima. El núcleo ardió durante diez días, contaminando miles de kilómetros y afectando principalmente a Ucrania, Bielorrusia y Rusia. El balance oficial fue de 31 muertos directos, pero las secuelas a largo plazo han sido devastadoras, con unos 5.000 casos de cáncer de tiroides en menores, según cifras actualizadas por el ingeniero nuclear Alfonso Barbas. La historia también está marcada por la furia de la naturaleza. El 1 de noviembre de 1755, Día de Todos los Santos, Lisboa fue sacudida por un terremoto de una duración de entre 7 y 8 minutos. El seísmo, con epicentro a 250 kilómetros, en el Atlántico, provocó que más del 80% de los edificios de la capital portuguesa se derrumbaran. La tragedia no acabó ahí. Unos minutos después del temblor, el agua del estuario del Tajo se retiró para volver en forma de un tsunami con olas de hasta 20 metros. Para culminar la catástrofe, las miles de velas encendidas por la festividad religiosa provocaron un incendio masivo que ardió durante días. Se estima que murieron hasta 90.000 personas. La respuesta del primer ministro, el marqués de Pombal, fue rotunda: “Salvar a los vivos y enterrar a los muertos”. Sobre las cenizas, se levantó una nueva ciudad con los primeros edificios antisísmicos del mundo.

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