ABC
A Valentina le gusta ir a la playa de Benijo, bailar con sus amigas, escuchar 'Neverita' en bucle e ir a su parroquia, Santa Úrsula, a rezar siempre que puede. Esta joven canaria dice a ABC que «por supuesto» no hay nada en estos momentos que ansíe con más ganas que ver al Papa a su paso por Tenerife. «Aunque hace unos días decía que junio tenía dos eventos importantes para mí, la visita de León XIV y el concierto de Bad Bunny en Madrid», añade riéndose. Como Valentina, y pese a que parezca que no se puede compaginar, hay varios jóvenes en España que aman a Bad Bunny lo mismo que al Santo Padre. Adolescentes que han crecido con el reguetón en los cascos, las redes sociales en el bolsillo y la fe en un lugar mucho más íntimo. No se sienten una rareza, aunque a veces los miren como si lo fueran. Tampoco creen que haya que elegir entre una cosa y la otra. Para ellos, la vida no está dividida en compartimentos estancos: se puede rezar por la mañana, bailar por la noche y seguir siendo la misma persona con una fe intacta. «La gente piensa que si eres creyente tienes que estar todo el día escuchando música religiosa o directamente encerrada en la parroquia, y no es así», explica Valentina. En su caso, la fe no le ha impedido salir con sus amigas, ir a conciertos o tener como artista más escuchado cada año en Spotify a Bad Bunny. Al contrario, asegura que vive todo eso con naturalidad. «Yo sé lo que creo y sé lo que me mueve. Escuchar determinados géneros de música no me hace menos católica, no son realidades incompatibles», resume. La misma mezcla se repite a más de dos mil kilómetros, en Barcelona. Jaume y Cristina esperan ver a León XIV en la Sagrada Familia después de haber estado también en el concierto de Bad Bunny cuando el artista puertorriqueño pasó por la ciudad el 22 de mayo. «Es cierto que hay letras con las que no concuerdo, pero también hay mensajes del Papa que me cuesta integrar en mi día a día. Como en todo, uno convive con ciertas contradicciones», dice Cristina. Jaume, en cambio, prefiere fijarse en otro punto de conexión: la capacidad de ambos para influir en la vida de sus seguidores. «Los dos congregan, cada uno a su manera», señala. Y añade que, en canciones como 'DTMF', Bad Bunny también lanza preguntas que no están tan lejos de las que puede hacerse un creyente. «Al final no deja de hablar del arrepentimiento, de querer más a la familia y de valorar el presente». En su entorno, cuentan, ya no sorprende tanto encontrar jóvenes creyentes que también salen de fiesta, viajan a festivales o escuchan la misma música que sus amigos no creyentes. Lo que sí sigue chocando, a veces, es que lo digan en voz alta. «Parece que tienes que justificarte por las dos partes», explican ambos. En ambientes más alejados de la Iglesia, porque todavía pesa la imagen del católico como alguien antiguo, serio o ajeno a la cultura popular. Y dentro de algunos espacios religiosos, porque sigue habiendo quien mira con recelo todo lo que suene demasiado mundano. Entre ambos mundos, ellos prefieren no escoger. «Vamos a misa, escuchamos a Bad Bunny y no sentimos que una cosa desmienta la otra», concluyen. Estela, en Madrid, lo ha vivido casi en orden inverso. Ya ha estado en la vigilia y el jueves que viene verá a Bad Bunny en el Metropolitano . Primero el Papa, después el conejo malo. Lo cuenta sin darle demasiada importancia, como quien enumera dos planes de una misma semana intensa. En la vigilia encontró reflexión, emoción y comunidad. En el concierto espera encontrar otra forma de reunión, más ruidosa, menos trascendente, pero también compartida. «No voy a Bad Bunny buscando lo mismo que busco cuando voy a rezar. Son cosas diferentes, lo que reafirma que la fe no es un camino fijo. Tú la vives de la forma en la que tú quieres, en la que te sientas más cómodo», reflexiona. Por eso tampoco le incomoda decir que encuentra pequeñas referencias espirituales en canciones que, de entrada, parecen estar muy lejos del Señor. «En 'Ojitos Lindos' Bad Bunny dice: 'Yo le hablo a Dios y tú eres su respuesta, aprendí que los momentos lindos nunca cuestan'. Nos está hablando directamente de agradecer, de valorar lo que tienes y de reconocer algo bueno en los demás», recuerda. Estela no pretende convertir a Bad Bunny en un apóstol, pero sí rescata esa forma sencilla de hablar de Dios, del agradecimiento y de los afectos. «Al final, cada uno encuentra la fe también en las cosas cotidianas», apunta. Ahí está quizá la clave del fenómeno. Estos jóvenes no comparan al Papa con Bad Bunny ni ponen la fe y el reguetón en la misma categoría. No buscan en un concierto lo que encuentran en una parroquia, ni esperan que la Iglesia hable como una canción viral. Lo que reivindican es algo más sencillo: «Quiero poder creer sin dejar de pertenecer a mi tiempo, a mi generación», dice Estela. Ya lo dijo el arzobispo de Madrid, José Cobo: entre el Papa y Bad Bunny «puede haber puentes». Ellos, de momento, los cruzan sin demasiados complejos.
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