La Opinión de Málaga
Reconoció el Papa en portada «la autonomía de las realidades terrenas», admitiendo así el fuero del Congreso para legislar sobre las cosas terrenales. Otra cosa es lo que vino después, al enumerar las que, por pertenecer a una dignidad humana llegada directamente de lo alto, estaban a su juicio por encima de lo legislable y fuera, por tanto, de aquel fuero. Pero estaba en el papel que, de forma muy leal, había dicho que justificaba su presencia en la sede de la supuesta soberanía nacional: el de «Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia Católica». España, desde luego, estuvo muy presente en todo su esmerado y erudito discurso, casi como flujo predilecto de la herencia cristiana de Europa. Un comunicante me hablaría luego de «nacional-catolicismo puesto al día». No pudo ver, al otro lado del teléfono, como me encogía de hombros mientras le decía el mantra consabido: es lo que hay.
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