ABC
Muchas veces uno tiene la sensación de que la Iglesia, en su versión más local, no pone el foco en el origen de los males que afectan al hombre de hoy y se deja llevar por cuestiones que, siendo relevantes, son un «además de», pero no la esencia. Por ejemplo, un clásico en los comunicados diocesanos es la acción para el acompañamiento de los que sufren la soledad no deseada. Como digo, todo ello se antoja necesario, es importante, pero se echa de menos poner el foco en elementos que son previos y que, de hacerse, contribuirían a evitar que estos problemas escalaran y se cronificaran. La soledad no deseada es el fruto de una sociedad que lleva desde los años ochenta tratando con desdén la manera en que funciona la vida: con el tejido de redes familiares, esto es, con parejas que hacen matrimonios, matrimonios que hacen hijos, hijos que tienen primos, tíos y abuelos, hijos que se casan y vuelta a empezar. Cuando llega el día de la madre todo son postureos en los X, Facebook e Instagram, pero ni ellos ni ellas tienen hijos, aunque a lo mejor sí un perro o un gato en quien volcar su necesidad de dar, de amar. La Iglesia debería preguntarse si ha hecho lo suficiente durante estas décadas para apuntalar las redes y los lazos familiares, el mantenimiento del compromiso conyugal, el cuidado de la vocación matrimonial, la advertencia firme frente a los males que desde las ideologías 'wokes' han sumido en el nihilismo a cohortes enteras de jóvenes occidentales. Tras el discurso del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados algunos han señalado la ausencia en esa intervención de una denuncia contundente de la situación dramática de la nupcialidad y la natalidad en España. El Papa se ha visto rodeado por una marea de jóvenes durante todos estos días, pero, por desgracia, esa no es la realidad de nuestro país. Y no estoy pensando sólo en la España vacía del interior; incluso la vital Madrid arroja unos datos de natalidad muy discretos. Lo cierto es que sí que habló de la protección del no nacido y también de la importancia de la familia, pero es verdad que en su alocución no nos hizo sentir las alarmas que llevan sonando años y a cuyo molesto soniquete nos hemos acostumbrado. Pero hay cosas que no hace falta decir con palabras porque, ¿qué es lo que, desde el punto de vista del contacto con la gente, más ha llamado la atención del Papa en todos estos días? ¿Cuál ha sido su constante ruptura de protocolo? ¿Qué es lo único que le ha llevado a ralentizar el papamóvil o incluso a pegar un frenazo? Exacto, los bebés. En su primer paseo por Madrid, por los bulevares y al terminar el acto inicial de este viaje apostólico, nada más salir del Palacio Real, se paró cuando le acercaron un bebé, al que bendijo. «Anda, qué majo», pensamos todos. Después la escena se ha repetido hasta la saciedad, tanto que a veces uno se pregunta de dónde salen tantos bebés en una ciudad en que hay cinco veces más perros y gatos que niños de cero a tres años. El mensaje ha sido constante, pertinaz como lluvia fina; los agentes de seguridad que rodean al Sumo Pontífice no han dudado en ningún momento en recoger los bebés ofrecidos por sus padres para recibir la bendición del sucesor de Pedro (¡qué gozo mayor cabe para un padre que su hijo reciba la bendición papal!). Y así, lo mismo que en los abortorios (por desgracia financiados con nuestros impuestos) se sacrifican hijos a Moloch, en el Madrid que acogió a León XIV los bebés son entregados a la bendición del Santo Padre en nombre de Jesucristo. Y todos, todos, todos hemos visto y contemplado esa imagen tantas veces en los cuatro días de la visita que hemos interiorizado que no hay nada mejor que un recién nacido, que cada nueva vida es pureza y es regalo de Dios, que es futuro y esperanza, y que nuestra vida estaría vacía si pensáramos que nuestra misión termina el día que demos con nuestros huesos en el suelo.
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