Faro de Vigo
El sonido del tráfico y de las conversaciones de los viandantes entra a ráfagas cada vez que se abre la puerta de cristal. Dentro huele al cartón de los desembalajes y a ese papel nuevo que espera para envolver los pedidos. Son días en los que el pequeño comercio, ese que sostiene el andamiaje invisible de los barrios, respira a un ritmo distinto. En estas semanas de valle, donde la cuesta del mes impone su ley y los escaparates ven pasar a la gente a paso ligero, el Bono Comercio que acaba de anunciar la Xunta actúa como un resorte digital sacude la modorra de las cajas registradoras. A pie de acera, los comerciantes constatan que en la mayoría de las entradas es una carrera contrarreloj que dura menos de 72 horas y que transforma los mostradores, llenándolos de renovada actividad.
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