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En la última década, parece haberse producido un desplazamiento silencioso bajo la superficie de nuestras certezas cotidianas. Más que un retorno, lo espiritual se reconfigura como un campo abierto y todavía impreciso, en el que confluyen los malestares característicos de nuestro tiempo y una persistente necesidad de dotar de sentido nuestra experiencia en un mundo crecientemente fragmentado. Este proceso no se agota en la expansión de ciertos grupos religiosos, cuyo atractivo suele inscribirse en contextos atravesados por déficits de reconocimiento y pertenencia, pues adopta formas más difusas: se infiltra en los repertorios simbólicos que estructuran nuestra experiencia colectiva, en los lenguajes culturales y las sensibilidades emergentes, así como en las maneras de imaginar lo común y de proyectar horizontes de posibilidad.
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