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Una batalla tras otra. Hace poco un compañero docente fue brutalmente agredido por el hermano mayor de un alumno y su madre en el IES Cotes Baixes. La punta del iceberg. En los medios salió que a un profesor en un instituto de Alcoy le habían hecho el “mataleón” y le habían arrancado un trozo de oreja de un mordisco, lo más morboso para el titular. Pocos días después el lamentable suceso ya no es noticia pero el problema sigue existiendo, y va en aumento. Algunos profesores tienen miedo y hacen su trabajo bajo esa presión añadida. Cuando yo era alumno en los Salesianos del centro los curas docentes nos castigaban físicamente y nos pegaban como algo normal, y nadie decía nada. He visto hostias bestiales de estos siervos de Dios que luego daban en misa otro tipo de hostias consagradas. Los tiempos han cambiado -dicen- pero hemos pasado de un extremo a otro: ahora son los alumnos los que faltan el respeto a los maestros, que son los que reciben burlas y maltratos en clase. A menudo asfixiados por el continuo papeleo, nos vemos atados de pies y manos para poder poner orden y concierto en la jauría humana que entra en tropel a clase después del segundo patio a últimas horas de la mañana. A menudo el funcionario docente tiene que sacar voz y carácter, un temario que no sale en las oposiciones ni te lo dan en la Universidad en clase. Y eso, si lo permites, si no sabes cómo poner límites sin pasarse, se puede volver una batalla tras otra cada clase. El síndrome del profesor “quemado” no es un tópico falso: los educadores encabezan las bajas por estrés crónico y depresión laboral. Pero con las vacaciones que tenemos, no nos podemos quejar, ¿verdad? Verdad: la queja no sirve de nada y no es lo que encienden estas palabras.
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