La Opinión de Málaga
A lo mejor es cosa de atender a esa convención, por lo demás, tímida e implacable, que llamamos tiempo y que avanza con ritmos a menudo más disparatados de los que tutelan los relojes. Sucede que en la literatura -más circular e intrincada que otras modas- los hábitos también envejecen, hasta el punto de que las imágenes romantizadas de hace poco más de medio siglo nos parecen a la vuelta de la esquina más cercanas al Hombre de Orce que a los predicadores de la IA que nos fustigan y acompañan. Una de ellas, gloriosa donde las haya, es el despertar de la novela latinoamericana, que, al parecer, y pese a todos los grandes precedentes, estaba dormida y había que espabilar con estrépito de bomba, cuestión que se logró con numerosas y variadas luces, pero que aún teniendo en cuenta la vigencia y universalidad de muchos nombres, ha ido perdiendo -por fortuna para todos- su impostada hegemonía totémica. De un modo, además, perfectamente natural, dando lugar a nuevas voces, que, acaso de una manera más reposada y menos fulgurante, han ido acostumbrándonos a esa verdad tan difícil de comprender para algunos de que, por más cuño de Bolívar le pongamos a la frase, no se puede hablar de literatura en singular y que el idioma – e incluso la lectura en general- nos hace a todos coterráneos y contemporáneos. O, dicho de otro modo, que la patria, además de los amigos, son las letras y que en esto cada uno es de su padre y de su madre y busca el milagro de un entendimiento que va más allá de las banderas y las zonas francas.
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