ABC
El último ciclón grande que pasé en Cuba fue el 'Michelle' en el 2001. Recuerdo la fantasía de un mes sin ir a la escuela, la casa inundada con un metro de fango y los pez-gato nadando por el patio porque se desbordó una laguna. Nos acogieron unos parientes y, en cuanto se pudo limpiar todo, volvimos a la finca caminando por arriba de la línea del tren. Mi abuelo Wilfredo nos hizo trillos con piedras para poder movernos hasta la casa sin mojarnos, porque el camino viejo siguió encharcado una temporada. La luz tardó en volver y cada día iba alguien en bicicleta a recargar las lámparas para alumbrarnos por la noche. Los recuerdos que tengo de crecer en Cuba están nublados por el prisma de una niña para la que todo eran aventuras y el miedo era parte de las historias que siempre tenían más o menos final feliz. Pienso mucho en mi infancia cubana y en lo mucho que echo de menos aquella casa, a mis abuelos, mis primos, mi tía, ver la tele todos juntos por las noches, la yuca con mojo y los tamales de fin de año. Desde entonces todo ha ido a peor: cada año la moneda vale menos y las cosas cuestan más; el discurso del Gobierno está cada vez más alejado de la realidad; mis amigos más soñadores han huido a cualquier lado y no quieren oír hablar de revolución. Muchas generaciones se han sentido traicionadas, silenciadas, desesperadas; se han arriesgado cada día solo por decir lo obvio, lo inevitable. Cualquier cosa positiva, cualquier pequeño regalo, son nada en un contexto tan estrambótico, tan de teatro, tan de sin sentido, tan corrupto, tan podrido, tan falso, tan de doble rasero, tan homófobo, tan racista, tan machista. Cuba es un proyecto fallido y no hay más parches que ponerle. La gente está cansada, sin luz, sin agua, sin recogida de basuras, sin poder comunicarse con los de fuera, con una inflación que hace imposible comprar nada con un sueldo, sin infraestructuras de ningún tipo, sin sanidad. Las familias están cuidándose unos a otros como pueden, sin el respaldo del Estado, que se limita a aplastar, robar, matar e infundir miedos absurdos sobre lo que hay fuera, como si la miseria y la violencia no fueran ya la realidad de la isla. Es urgente ver a Cuba libre. Haydee Barciela Navarro. Madrid Algunos periodistas celebran que La Liga ha hecho el 'sorpasso' a la Premier League en la Champions League. ¿El motivo? La clasificación para cuartos de final de los tres equipos españoles vivos en la competición frente a los dos de la liga inglesa. Los datos, sin embargo, son bastante demoledores: la Premier gana por goleada en ingresos, espectadores y competitividad. La Premier League casi duplica en ingresos a LaLiga: según el informe 'Annual Review of Football Finance' 2025. La competición inglesa se embolsa unos 7.350 millones frente a los 3.800 de LaLiga. Además, el fútbol inglés dobló al español en espectadores en los estadios la temporada pasada. El dato más significativo es que las dos ligas con más asistencia fueron la Premier League y la segunda inglesa, la Championship, con unos 50 millones conjuntamente. Por otro lado, la Premier reparte los derechos de televisión de manera mucho más equilibrada: el primer clasificado ingresa aproximadamente solo un 40 por ciento más que el último. En España, en cambio, la diferencia sigue siendo enorme, con Madrid y Barça triplicando las cantidades de los equipos de la parte baja. Por eso sorprende escuchar discursos triunfalistas. Más que análisis, suena a patriotismo barato. La realidad es que seguimos estando muy lejos, y vender humo no ayuda a mejorar nada. Jordi Encinas Plana. Valencia
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