Ultima Hora Mallorca
Hace unos días, una influencer alemana estrenó su nuevo estudio de pilates y yoga en la calle Nuredduna, que hacía esquina con la Plaza Columnas. Toda la cartelería estaba en inglés y en alemán, los precios que maneja son dignos de sueldos del norte de Europa. Las pintadas de protesta no se hicieron esperar y la joven emprendedora mostró su sorpresa: aquí todo el mundo es bienvenido, los locales también. En su plan de negocio había previsto una estética donde primaba el ‘island flow’, que sospecho que debe ser algo así como la tranquilidad insular de la que disfrutan solo aquellos que tienen dinero para estar todo el día en la terraza de una cafetería tomando el sol. El resto de los mortales mallorquines tenemos que trabajar y, cada vez más, tenemos que tener dos trabajos para sobrevivir. A la influencer alemana se le olvidó contar con los vecinos y su reacción ha sido ofrecer un 15 por ciento de descuento para los residentes. Nuestros salarios, en realidad, son mucho más bajos respecto a los alemanes. Todo esto coincide con algo que ocurrió el pasado sábado. Alguien llama al portal a las cuatro de la tarde, momento de la siesta. Una pareja de alemanes que querían hablar con los vecinos y preguntaban por si había que hacer derramas en la finca, si había ruido en la calle, si los vecinos éramos gente de bien. Hablando con los demás propietarios de la escalera, resulta que a todos nos han llamado y espiado, para saber si somos una finca digna de invertir en ella. El alemán luego me saludaba por la ventana y cerré la cortina. Unos mallorquines intentaron comprar el piso pero era demasiado caro para ellos. No entienden nada, no nos entienden.
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