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Los trabajos y los días
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Los trabajos y los días

En Los trabajos y los días, Hesíodo enseñaba que el esfuerzo cotidiano y los oficios humildes sostienen el orden del mundo, frente a la ilusión de la riqueza fácil. Esto me lleva a pensar que la problemática laboral de nuestro país no es tanto la falta de empleo como la falta de manos. Mientras las aulas se llenan de aspirantes a profesiones brillantes —médicos, ejecutivos, creadores digitales—, escasean quienes sostienen la vida cotidiana: electricistas, fontaneros, albañiles, carpinteros, mecánicos... Son oficios sin glamour, pero imprescindibles. Durante años se ha transmitido la idea de que el éxito pasa por la universidad y el despacho, no por el taller o la obra. El resultado: existen viviendas que no se reforman por falta de profesionales, averías que se eternizan, empresas que no encuentran técnicos cualificados. Y, paradójicamente, son oficios que ofrecen hoy estabilidad e ingresos dignos. Buena parte de estos trabajos los cubren trabajadores inmigrantes. No por vocación, sino porque ahí está la demanda real: agricultura, construcción, hostelería, cuidados. Sectores duros, a menudo poco reconocidos, pero esenciales. Sin ellos, el país no funciona. En el otro extremo están las profesiones deseadas: las que requieren años de formación, talento, constancia y, no pocas veces, contactos. Son necesarias, por supuesto. Pero no todos pueden —ni deben— aspirar a ellas. Un país no puede ser una suma de médicos, banqueros o influencers. Tampoco todos valemos para futbolistas, aunque los mejores deportistas de la pelota cobren cifras desorbitadas mientras investigadores, escritores o artistas sobreviven con sueldos modestos. Además, si con los oficios manuales existe una conciencia clara de su precio, con los intelectuales y artísticos, no es lo mismo. Hemos confundido prestigio con utilidad, pero la dignidad de un trabajo no depende de su brillo, sino de su necesidad. En los próximos años, todo indica que harán falta más técnicos, más instaladores, más profesionales de la mano y del oficio. Una sociedad equilibrada es la que sabe valorar todos los trabajos que la hacen posible.

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