Diario CÓRDOBA
Es imposible recorrer la calle Alfaros sin echarle un vistazo, aunque sea un segundo, a la cuesta del Bailío. Ese pararse a mirar quizá responda a un instinto de supervivencia. La belleza manifiesta resulta a veces insoslayable. En teoría, la cuesta está ahora en su mejor momento del año, cuando las buganvillas estallan de primavera. Pero lo cierto es que no tiene días malos, aguanta hasta los nubarrones; cruzarla de noche, por ejemplo, cuando está cargada de claroscuros, es como enfrentarse a un cuadro siendo consciente de que alberga muchos más significados de los que uno es capaz de interpretar. La imagen incluye paredes blanquísimas, crucifijos, faroles de luz mortecina, una fuente negra, el portón y la fachada de una casa palacio, un campanario y, hasta hace poco, un ciprés. Sí, también había un ciprés, pero ya no está; ahora solo queda el muñón. La vida está compuesta por fragilidades. Ese vecino con cuyo saludo se contaba cada mañana ya no lo veremos nunca más.
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