La Opinión de Málaga
Hay hombres que nacen para una jornada. Otros, para solo un instante. Simón de Cirene había venido al mundo, sin saberlo, para un tramo de la Vía de la Amargura. No era un sabio ni un profeta ni un héroe de los que fundan ciudades o conquistan imperios. Era un extranjero. Un hombre de espaldas recias, manos acostumbradas al polvo y ojos hechos a medir el día por la inclinación del sol. Los viejos de su casa, allá en Cirene, le habían enseñado que el destino se parecía a los animales ariscos: cuando uno menos lo espera, sale del matorral y se planta en medio del camino. Pero nunca le dijeron que el destino pudiera oler a sangre, a sudor de reo y a madera recién execrada.
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