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Carlos Westendorp: caballero, negociador y servidor público
Canarias Ahora

Carlos Westendorp: caballero, negociador y servidor público

Nunca nadie le vio un mal gesto, ni le escuchó una palabra más alta que otra, ni faltó al respeto a adversario alguno. Ante las situaciones más complejas y explosivas, literalmente a veces, siempre respondió con el mejor talante del caballero español Muere el exministro socialista Carlos Westendorp a los 89 años Quizás sean estas las tres expresiones que mejor definen el carácter de Carlos Westendorp , que acaba de dejarnos: caballero, negociador y servidor público. Madeleine Albright, la que fuera secretaria de Estado norteamericana, se refería a él como el spanish gentlemen , por sus modales exquisitos, su educación cultivada y su predisposición permanente para el entendimiento. Ejerció funciones realmente difíciles, en contextos conflictivos. Fue ministro del Gobierno de Felipe González en su última etapa, entre 1995 y 1996, cuando el desgaste era apreciable y arreciaba la tormenta de la corrupción. Asumió el papel de Alto Representante de Naciones Unidas para Bosnia-Herzegovina, intercediendo entre los protagonistas del conflicto bélico más cruel en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Hasta presidió la Asamblea de Madrid en uno de los episodios más dramáticos y bochornosos de la presente etapa democrática, con el “Tamayazo” y la frustración del gobierno progresista que votaron los madrileños en el mes de mayo de 2003. Pero nunca nadie le vio un mal gesto, ni le escuchó una palabra más alta que otra, ni faltó al respeto a adversario alguno. Ante las situaciones más complejas y explosivas, literalmente a veces, siempre respondió con el mejor talante del caballero español. Su mayor cualidad fue, sin duda, la del negociador incansable, ponderado, eficaz. Westendorp fue uno de los primeros y mejores sherpas con los que España contó para ingresar primero y para triunfar después en las Comunidades Europeas. Como consejero ante La Haya, como embajador, como secretario de Estado y como ministro, desbrozó como nadie la maraña negociadora europea para sentar las bases de lo que hoy es la presencia exitosa de nuestro país en la Unión Europea. Mención especial merece, desde luego, su papel en la resolución del conflicto de la antigua Yugoslavia. Llegó tan solo con un mandato de Naciones Unidas para lograr una paz duradera y unas instituciones legitimadas. Eso y su talante. Y acabó con el respeto y la consideración de todas las partes, habiendo dictado buena parte de la Constitución de Bosnia-Herzegovina y habiendo diseñado incluso su bandera. Diplomático de carrera y de vocación, siempre fue más partidario de un mal acuerdo que de un buen conflicto. Pero, sobre todo, Carlos Westendorp fue un gran servidor público, un hombre de Estado. Entendía la política como esa disciplina llamada a organizar el espacio público compartido para mejorar la vida de la gente, resolviendo problemas en lugar de crearlos, instigarlos o aventarlos. Entendía el respeto a las instituciones democráticas, el multilateralismo, la fuerza del derecho, como la única vía para evitar la arbitrariedad, la injusticia y la ley de la fuerza bruta. Y si tuviera que señalar algo más, algo que me impresionó de su amistad y compañerismo, hablaría de su humildad. No debe ser cosa fácil la humildad con ese currículum y tal reconocimiento, en España y en el mundo. Era tan humilde que cuando en 2003 le propuse formar parte de la candidatura socialista a la Asamblea de Madrid, un parlamento regional, ni como número uno, ni como número dos, solo hizo una pregunta antes de aceptar: “¿Crees que puedo ser útil?”. Vaya gobernante se perdió Madrid. Además, fue un hombre feliz, y es que, como dijo Cervantes, “en la llaneza y en la humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados”.

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