Diario de Noticias
En el campamento de refugiados de Jalazone, al norte de Ramala, Palestina, las casas se apilan unas sobre otras, como si el espacio se hubiera agotado hace tiempo. Calles estrechas, cables enredados, infancia que juega entre muros que no eligió. Allí vivió durante décadas la refugiada Wisam Salah. Allí empezó una historia que hoy se cuenta desde Pamplona, pero que sigue latiendo a miles de kilómetros.
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