ABC
Si Woody Allen inventó el gafapastismo, Marcos Llorente nos ha traído el gafamarillismo, una vanguardia que despierta un cachondeo similar. Como todas las vanguardias, el gafamarillismo es sofisticado y elitista, y resuelve problemas que no existían antes de su invención. De pronto, la temperatura del color es un asunto de interés sanitario, y no solo algo que aprendías en Comunicación Audiovisual para justificar los gastos del piso ante tus padres: ¿sabías, papá, que existe la luz fría y la luz caliente?, ¿y que hay que hacer un balance de blancos antes de empezar a grabar?, ¿y sabes, padre, lo caro que está Madrid hoy?, ¿y de lo que cuestan las gafas amarillas qué me dices? La vida está dificilísima. Ahora las mitocondrias protestan y Marcos Llorente las escucha como si fueran profetas de un mundo nuevo, quiero decir antiguo, primitivo, natural, atávico, telúrico. Es la lógica del regreso: visto que el futuro no pinta bien, hay que volver a vivir como antes, cuando el día era día y la noche era noche y la carne era carne y el deporte era supervivencia. A cambio de la salud, las mitocondrias solo te exigen un filtro amarillo o rojo, según la hora, y en ese binarismo te resuelven los males contemporáneos sin hacer daño a nadie. En el Bernabéu, sin embargo, a Llorente le cantaron «ponte las gafas, Llorente ponte las gafas». Días antes pasó algo: una exclusiva de 'El chiringuito' reveló que Zidane también se ponía esas mismas gafas, con el mismo desparpajo, porque estas gafas hay que lucirlas como Rafiki enseña a Simba a su reino. Creo que fue por Zidane que Llorente empezó a caerme simpático, tal vez porque con él entendí que el gafamarillismo va más allá de la salud, de la 'coolspiración', de la vida eterna; es más bien un talante, una forma de estar no frente a la ciencia, sino frente a la turra de esos 'haters' de las redes que se ríen de ti, de tus gafas, y de esos otros, muy divulgadores ellos, que vienen con el 'paper' en la mano gritando: ¡no hay evidencia! Y de aquellos, también, que vienen a acusarte de ser un peligro para la salud nacional. Todos ellos, supongo, eran de los que se ponían la mascarilla en la playa cuando no había nadie alrededor, o peor, de los que se la ponían para salir a correr por las mañanas. Hace seis años ya, pero ese ridículo no caduca. En fin, el otro día una amiga anunció que se iba a comprar las gafas amarillas. Dijo: ¿no son preciosas?
Go to News Site