Diario CÓRDOBA
Córdoba vive la noche del Lunes Santo con una cercanía especial de la pasión de Cristo, que recorre nuestras calles estrenando advocación en la imagen de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos en su Sagrada Presentación al pueblo, desde Cañero; en la imagen del Vía Crucis, que se hace “caminante celestial” junto a nuestros pasos; en la imagen de la Sentencia, contagiándonos de su serena majestuosidad; y en el Remedio de Ánimas, imagen sublimada por los versos de Antonio Gala, en un salmo responsorial tan bello y tan solemne: “En tu cuerpo desnudo, amor del viento, / beben su palidez las alboradas / y en tus manos enclavadas, / la luna siega en flor el sentimiento”. Serán después, la ternura de Nuestra Señora de la Merced y la luminosidad radiante de la Estrella, las que derramen su mirada maternal sobre todos nosotros. Simone Weil escribió que “una de las verdades fundamentales del cristianismo, desconocida con frecuencia, es ésta: lo que salva es la mirada”. Es verdad. Necesitamos esa “mirada”, “los ojos iluminados del corazón”, de los que hablaba san Pablo. El drama de la pasión de Cristo se describe en pocas líneas: “A las afueras de Jerusalén se está muriendo un hombre que caminó por pueblos levantados junto a un lago. Con la muerte húmeda en la boca, Jesús mira el mundo clavado en una cruz. En una cantera abandonada, donde otros han muerto y otros morirán, Jesús de Nazaret se precipita en el abismo de la muerte”. Por eso, el Lunes Santo de Córdoba, dictada la Sentencia de Pilato, nos invitó a que sintiéramos la presencia de Jesús en nuestras calles, con el Vía Crucis, y a que contempláramos entre silencios emocionados, la imagen del Remedio de Ánimas, símbolo de un “más allá” trascendente y esperanzado. A la par, en nuestras conciencias libres, la frase profética de Pascal: “Cristo sigue en agonía hasta el fin del mundo. ¡No se debe dormir en esta hora!”.
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