La Opinión de Málaga
Dicen en Jerusalén, y también se murmura en la Victoria cuando pasa el Cristo del Rescate por la calle Agua, que Judas Iscariote no vendió a Jesús solamente por las treinta monedas. Eso lo cuentan los vecinos para dejarlo todo resuelto en una sola palabra: codicia. Pero hay culpas que son más hondas y más miserables, porque no nacen solo del hambre de dinero, sino del orgullo de creer que uno puede empujar a Dios a actuar como quiere un hombre. Judas llevaba meses mirando a Cristo con una mezcla de admiración y de desengaño. Lo había visto curar enfermos, devolver la vista, multiplicar el pan, caminar con una autoridad que ni los sacerdotes ni los poderosos podían fingir. Había oído hablar del Reino, pero cada vez que esperaba una consigna de hierro, una palabra contra el Imperio romano, una orden de alzamiento, Jesús respondía con parábolas, con misericordia, con ese modo suyo de derrotar al mundo sin tocar una espada.
Go to News Site