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Bulimia, autolesiones, drogas... El precio de ser la hija de David Bowie e Iman | Collector
Bulimia, autolesiones, drogas... El precio de ser la hija de David Bowie e Iman
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Bulimia, autolesiones, drogas... El precio de ser la hija de David Bowie e Iman

Nacer con un foco en la cara suele pasar factura. Lexi Jones, hija de David Bowie (Jones era su verdadero apellido) e Imán, es otra hija de famosos que ha cumplido esta ley no escrita. «No podía entender cómo podía haber nacido de personas a las que les iba tan bien en la vida mientras yo fracasaba en todo». En un vídeo de 20 minutos subido recientemente a una red social, Alexandria Zahra Jones aireó a sus 25 años las dificultades que ha vivido desde niña con la bulimia, las drogas o el alcohol. Entre sus confesiones, frases como esta: «Me empecé a autolesionar a los 11 años», revelan el infierno padecido por la hija del cantante y la supermodelo que, con 14 años, ingresó en un centro para tratarse la bulimia que padecía desde niña, una depresión y su adicción a las drogas y el alcohol, sustancias que había empezado a consumir para escapar de su propia mente, de la presión y del sufrimiento de saber que su padre sufría un agresivo cáncer de hígado. «Antes de cumplir los 10 años empecé a ver a un terapeuta –señala Lexi, autora en 2025 de un disco, Xandri , que significa 'defensora de la humanidad' en griego–. Mis profesores notaron que algo no iba bien, y mis padres también. Tuve entonces mi primer ataque de ansiedad. Empecé a sentirme deprimida. Suspendía. Tenía dificultades de aprendizaje, lo que hacía todo más difícil, y odiaba mi aspecto. Empecé a autolesionarme a los 11. Desarrollé bulimia a los 12. Me sentía estúpida, incompetente, indigna, inútil, imposible de querer. Y tener padres tan importantes solo lo empeoraba. Sentía que nunca estaría a su altura». A diferencia de otras celebridades, a cuyos hijos les abren cuentas en redes sociales siendo bebés y los convierten en parte de su propia marca personal, los padres de Lexi siempre optaron por la discreción, alejándola de alfombras rojas y demás exhibiciones públicas. Protección que, sin embargo, no le impidió experimentar las servidumbres de una fama no buscada. «Desde muy temprano empecé a sentir que existía como una idea, no como Lexi, la persona», revela en el citado vídeo. Es decir, no era Lexi Jones, sino 'la hija de'. Una etiqueta que pesaba en el modo en que se le acercaba todo el mundo. Por interés o curiosidad, mayormente. Pero ser el centro de atención la superaba. Todo empeoró cuando a su padre le diagnosticaron un cáncer de hígado y ella, con 14 años, buscó refugio en las drogas y el alcohol: «No estaba experimentando, estaba escapando. Cuando la fiesta terminaba para los demás, yo seguía: bebía y me drogaba sola». Sin decirle nada, una mañana, dispuestas para irse al colegio, sus padres reclamaron su presencia en el salón. Con extrema crudeza, Bowie le explicó a su hija la decisión de ingresarla en un centro de rehabilitación: «Si no haces esto, vas a morir». Angustiosas palabras pronunciadas por un padre que vivía, precisamente, sus últimos meses de vida. Tampoco fueron muy delicados los hombres del centro terapéutico contratado por la familia que entraron a por ella. «Me subieron a empujones en una camioneta negra». Durante tres meses, vivió en un lugar marcado por la manipulación emocional en medio de naturaleza, sin espejos, sin televisión, con comunicación limitada al exterior y duchas semanales. «Deshumanizador», describe Lexi. De ahí, a otro centro. Otros 13 meses, siempre vigilada. Y mientras tanto, su padre que se moría. David Bowie falleció el 10 de enero de 2016. Lexi seguía en tratamiento. «Bowie ha muerto rodeado de toda su familia», publicó la prensa. Pero su única hija con Iman –ambos tenían un retoño cada uno de relaciones anteriores– no estaba allí. Habían hablado, por teléfono, dos días antes. Era el cumpleaños del cantante y sonó a despedida. Al menos pudieron, por última vez, decirse «te quiero». Cuando volvió a casa, fue bajo la condición de cumplir ciertas normas estrictas. Se sentía perdida. Tenía 16 años y a la búsqueda personal implícita a todo adolescente a ella se le añadía el dolor por la muerte de su padre y por sus propias experiencias. Decisión importante: siguió una terapia y, poco a poco, sin prisa, aprendió a reconstruirse. La suya, concluye, «no es solo una historia de trauma, es una historia de cómo el poder te cambia». Lexi, que lleva tatuada una luna creciente con las palabras 'Daddy xx 1947-2016', asegura ahora que hace un tiempo que finalizó su calvario. La lucha contra la adicción, sin embargo, así lo admite, nunca termina.

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