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La gran aceleración tecnológica y la creciente tensión geopolítica redefinen la competitividad en el marco internacional. Ser competitivo en el mundo actual implica contar con capacidades propias —industriales, tecnológicas y de talento— para innovar, sostener cadenas de suministro y proteger infraestructuras . El informe Ciencia, Industria y Competitividad , publicado recientemente por la Fundación Alternativas, parte de esta premisa, y presenta una guía para convertir el conocimiento en ventaja competitiva y reforzar así la posición española. El hecho es que un conjunto de tecnologías disruptivas domina el tablero y todo parece indicar que la UE ha perdido el liderazgo también en el tándem de soberanía tecnológica y seguridad. Las implicaciones que se derivan para España se sustentan sobre tres pilares básicos: Primero, una competitividad industrial sostenible requiere controlar razonablemente los elementos estratégicos . La soberanía tecnológica conjuga influencia geopolítica, capacidades internas de I+D y fabricación, recursos humanos cualificados, regulación y gobernanza. Desde esa perspectiva, la inteligencia artificial, entendida como tecnología habilitadora y dual, transversal a la industria, los servicios y la defensa, no es sólo software; su despliegue exige infraestructuras —computación, almacenamiento, centros de datos— y hardware especializado. En ese contexto, la ciberseguridad es, a su vez, condición estructural de competitividad , especialmente en contextos de guerra híbrida, porque la digitalización amplía la superficie de ataque. Y en esa dirección, la IA jugaría un papel ambivalente, porque mejora la detección y respuesta, al tiempo que multiplica y escala los ataques ofensivos, siendo más difícil su atribución. El problema es que la falta de confianza en infraestructuras, datos y cadenas de suministro digitales vulnerables frena la innovación o la vuelve más frágil . Se valora positivamente, por lo tanto, una mayor inversión en defensa y seguridad, porque supone un mecanismo de tracción de la I+D mediante tecnologías duales de aplicación en el ámbito civil, transferencia que tiene un carácter claramente bidireccional. Segundo, ser competitivo en un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas y conflictos bélicos requiere articular la estrategia industrial con el ecosistema innovador . Esto implica inversión, escalado y regulación, como ya recomendaba Draghi en su Informe a la UE. En el caso de España, es esencial reducir las barreras a la innovación y reforzar las capacidades del sistema para no perder posiciones en la carrera por las tecnologías avanzadas; en caso contrario, será inevitable resignarse a quedar estancados en segmentos de bajo valor añadido. El diagnóstico del ecosistema empresarial español muestra que perdemos velocidad a la hora de convertir ciencia en productos y capacidad industrial. Las dificultades de crecimiento empresarial y la insuficiente coordinación se agravan por otros cuellos de botella como la insuficiencia de capital riesgo, sobre todo comparado con las experiencias de otros países. No basta con financiar proyectos aislados para aprovechar, por ejemplo, la oportunidad que ofrecen las tecnologías profundas como palanca de desarrollo industrial, dada su intensidad de conocimiento y creación de valor. Se requieren políticas que abarquen toda la cadena, desde la formación, y la financiación hasta los marcos regulatorios adecuados . Si bien la doble transición –verde y digital– es un buen eje de competitividad para cerrar la brecha de innovación, descarbonizar y reducir las dependencias , cabe distinguir distintos planos: lo digital como habilitador de lo verde; la huella ambiental del sector digital; y, la vulnerabilidad de las infraestructuras ante geopolítica, clima y ciber-amenazas. En otras palabras, competir no es solo innovar sino innovar reduciendo riesgos sistémicos. Tercero, el balance de los recursos humanos es positivo . Constituye el componente más sólido del sistema español de innovación, aunque haya demostrado ser el factor más vulnerable en las crisis. Las universidades públicas tienen un papel central, pero las desigualdades territoriales son persistentes en la concentración del talento. Hay que seguir aplicándose en afrontar las debilidades identificadas mediante, por ejemplo, la profesionalización del apoyo a la gestión de la investigación, la consolidación de las carreras tempranas y el refuerzo a la atracción de talento y la evaluación. Igualmente, cabe destacar que la equidad de género es un motor de competitividad porque un sistema que desperdicia talento o restringe la diversidad reduce su capacidad de innovación. Aunque España sea uno de los países con mayor número de mujeres inventoras, estas proceden mayoritariamente del ámbito académico y menos del empresarial. Además, las familias de patentes con mujeres inventoras representan sólo un tercio de las invenciones. Esas brechas de género recomiendan apostar más por programas de mentorazgo e instrumentos de financiación que impulsen el liderazgo femenino en áreas tecnológicas estratégicas. Todo ello implica conectar la política científica con el modelo productivo ; de no hacerse, se perderían oportunidades en transferencia, adopción y absorción tecnológica en procesos, productos y servicios. Tratar la ciencia como esfera separada ha sido uno más de los errores del sistema español; es el momento de corregirlo, alinear prioridades e instrumentos y evitar así que la innovación se quede en el laboratorio. Una estrategia de innovación acertada para la competitividad industrial española ha de ir indisolublemente ligada a la seguridad y resiliencia, a la reducción de riesgos sistémicos y a la atracción y retención de talento. ________________ Isabel Álvarez es catedrática de Economía y colaboradora de la Fundación Alternativas.
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