Cope Zaragoza
En su meditación del Miércoles Santo en TRECE, el obispo de Albacete, Ángel Román, ha desgranado el significado de los días centrales de la Semana Santa, el Viernes y el Sábado Santo. El prelado ha descrito estas jornadas como "días de oscuridad y sin sentido", en los que "el misterio de la muerte y del mal son piedra de toque para el creyente". Sin embargo, ha señalado que es también un tiempo para experimentar a Jesús "hablándonos de tú a tú, de crucificado a crucificado", invitando a los fieles a ofrecerle todas sus "limitaciones y realidades de muerte" y poner en sus manos el sufrimiento, la incapacidad y el miedo. El obispo de Albacete ha recordado que el Viernes Santo amanece "marcado por la traición, la huida y el desconcierto", con Jesús encarcelado y solo. Por ello, ha subrayado la importancia de celebrar el Viacrucis para tomar conciencia de lo que supone cada instante de la pasión y dar gracias por el amor de Dios. Es, según Ángel Román, un momento para "experimentar el rechazo visceral hacia todo tipo de violencia" y para reflexionar sobre cuántas veces "juzgamos, condenamos, nos lavamos las manos" o somos indiferentes ante las injusticias. La liturgia de los oficios, celebrada en torno a las tres de la tarde, conmemora de forma "solemne y austera" la muerte del Señor. La sobriedad, la falta de cantos y la desnudez del templo, ha explicado, "indican la situación de nuestras almas en esta celebración". El obispo de Albacete ha reflexionado también sobre la soledad que a menudo se experimenta en el sufrimiento, imaginando que, mientras Jesús cargaba con la cruz, la mayoría de la gente en Jerusalén seguiría con su rutina, ajena al drama que acontecía, pues "el mundo lleva su ritmo y nuestro Dios, que quiere seguir el suyo, continúa pasando por uno de tantos, en silencio y pequeño". En este contexto, ha afirmado que "la decisión de crear ambiente interior y vivir con intensidad el Viernes Santo es decisión de cada uno", y ha realizado una invitación a cuidar los signos externos. El prelado ha sido claro en su recomendación para vivir el luto de este día de ayuno y abstinencia. Al llegar al Sábado Santo, el obispo ha explicado que ambos nombres se complementan. Mientras que el primero se centra en el dolor, el segundo "nos invita a mirar a la Vigilia Pascual", porque "la esperanza en la resurrección nos hace vivir el dolor de otra manera", aunque sin negar la crudeza de la ausencia que deja la muerte. Se trata de un día "de parálisis y vacío, de silencio en el alma", en el que el mundo se para y "Dios guarda silencio", un momento para poner las injusticias del mundo, como las guerras, el hambre o la marginación, "a la luz de la oscuridad y la sinrazón de este día". Para ilustrar la figura de Cristo, el prelado ha recurrido a un pasaje del profeta Isaías que lo describe como "despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores", que "soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores" y que, "maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca", como un cordero llevado al matadero. Este silencio de Dios, ha admitido, "nos desconcierta, no cuadra con la idea que tenemos de dios" y provoca las mismas quejas que se oían en el calvario: "a otros ha salvado y él no se puede salvar". Sin embargo, Ángel Román ha aclarado que el silencio de Jesús no es de indiferencia, sino de "fraternidad solidaria", ya que vive lo mismo que experimentan aquellos por los que da la vida. Es el silencio que acompaña al perdedor, al que sufre o al que reza y no encuentra respuesta inmediata. El Sábado Santo es también, según el obispo de Albacete, un día para "mirar a María y esperar con ella la resurrección" en medio de la "locura del calvario". Ella, ha proseguido, vive ese silencio de Dios mientras contempla a su hijo muerto, con el alma "atravesada por la espada del dolor", pero su presencia "de pie" es un faro de esperanza. "El dolor y la muerte nos atraviesan, pero no son capaces de endurecer nuestro corazón ni de desesperar nuestra alma", ha aseverado. Finalmente, Román Idígoras ha recordado que el silencio del hijo "se rompe en un grito que recoge los gritos de toda la humanidad" y en un abandono final en manos del Padre, con sus últimas palabras: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". En esta aparente derrota, la certeza del creyente es que "la muerte no tiene la última palabra", concluyendo con la invitación de Jesús en el Evangelio de San Juan: "Que no tiemble vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí".
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