ABC
Como varias de sus mejores películas, ' La Grazia ' apuntala lo que se podría denominar el estilo Sorrentino, algo volátil y elevado que contar y un modo sosegado, estético y operístico de hacerlo. Se sabe rápido que se está en una película de Sorrentino, por su cámara delicada y patinadora y, también, porque delante de ella está el actor Toni Servillo para traducir a imágenes y sentimientos toda esa solemnidad intelectual, moral y artística que anima el cine de este director. El personaje principal, el 'traductor' de las preocupaciones de este singular director, es nada menos que el presidente (ficticio) de la República de Italia, un político veterano, jurista, reflexivo, que está ya en la fase final de su mandato y que camina por el Palacio del Quirinal entre varias dudas políticas y éticas que debería resolver antes de irse…, o no. En lo esencial del argumento, esas incertidumbres que le preocupan al presidente, o a Sorrentino, están relacionadas con la aprobación de una Ley de eutanasia y la concesión de una amnistía o un indulto, a dos condenados, una mujer y un hombre, por haber asesinado a sus respectivas parejas. A pesar de la complejidad de lo que se dirime en la película y en la cabeza de su protagonista, 'La Grazia' es una obra sencilla, o hecha con materiales sencillos: la cámara explora por los interiores de Mariano De Santis (el presidente), por algunos de sus recuerdos, por sus costumbres, por su relación familiar con sus hijos y el amor, devoto y algo rencoroso, hacia su mujer ya fallecida, y combina esa exploración al personaje con el rastreo por las dependencias del Palacio y sus alrededores, donde se fuma su pitillo diario y donde pasea sus dudas. Los dos asuntos que trata en primer plano, la eutanasia y la amnistía , que tan de cerca nos tocan últimamente a nosotros, están tratados con profundidad, aunque más por parte del protagonista que de la película en sí, o varios de los personajes secundarios que están a su alrededor. Y es en la cabeza de De Santis donde se apuntan algunas contradicciones, como 'si legislo a favor de la eutanasia, me convierto en un asesino; y si legislo en contra, en un torturador'. En todo caso, ofrece material de reflexión hacia asuntos como el perdón, la gracia, la condolencia o compasión, o la que está más de tapadillo, la transición propia y ordenada mental y sentimentalmente de un hombre desde el casi todo a la casi nada, ese camino entre la fortaleza y la fragilidad que casi nadie, y menos los políticos, saben recorrer de un modo digno. El gusto por el plano, la composición, el aura fría y hermosa, y también por gestos o momentos estridentes, paródicos, de cínica modernidad, acompaña como es habitual la puesta en escena de este director, además de una música fascinante con brotes, a veces, de histeria. También se puede subrayar la querencia de Sorrentino a la digresión, al circunloquio, y no conviene entretenerse en sus pequeñas evasiones, como la visita del mandatario portugués o la lágrima del astronauta, y se pueden quedar como sus caprichos o 'sorrentinadas'. Y como el director y todos sabíamos, Tony Servillo agota por completo y con una minuciosa interpretación todo lo que esta película necesitaba llevar hasta la pantalla.
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