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La Semana Santa en Gran Canaria está llena de expresiones intensas y emocionantes, y una de las más singulares es la de las cargadoras del Cristo de la Buena Muerte en Moya. Pili, una de sus veteranas, ha compartido en el programa Herrera en COPE Gran Canaria su experiencia tras 18 años portando el trono. Dieciocho años, la mayoría de edad, que reflejan un compromiso inquebrantable con una tradición que combina fe, devoción y una fuerza extraordinaria. La suya es la historia de un colectivo de mujeres que, unidas, demuestran que la devoción no entiende de género. La tradición nació de una pregunta convertida en reto. Según relata Pili, todo comenzó cuando las mujeres que adornaban las imágenes vieron cómo los hombres cargaban a la Virgen de los Dolores. "Contra, ¿y por qué nosotros también no nos reunimos? [...] ¿por qué nosotros no nos atrevemos también? Nosotros somos valientes, porque no podemos hacer lo mismo que los hombres, vamos a cargar nosotros al Cristo de la Buena Muerte", se dijeron. Aquel día, de esa conversación surgió una promesa que se materializó con la preparación de los palos del trono. La primera procesión contó con 24 mujeres que, decididas, hicieron historia en Moya. El reto físico es monumental. El trono del Cristo pesa alrededor de 850 kilos. Este año, el grupo se ha reducido a 20 cargadoras debido a algunas bajas por lesiones, una maternidad reciente y otros problemas de salud. Menos hombros para soportar el mismo peso. "Ese es el problema, pero entre todas arrimamos el hombro y trabajamos", afirma Pili con resolución. Para aliviar la carga, este año han decidido prescindir de dos faroles, lo que reduce el peso en unos 50 kilos, una ayuda simbólica frente a la magnitud del trono. El recorrido es una prueba de resistencia que dura entre dos horas y media y tres horas. La procesión parte de la iglesia, recorre la calle principal, la calle La Heredad, Miguel Hernández y Tomás Morales antes de regresar al templo. Las condiciones meteorológicas son un factor clave; el calor o la calima, como la de estos días, obliga a realizar más paradas para hidratarse, especialmente para las mujeres que van debajo de los faldones del trono, en un espacio reducido donde el calor se concentra. Curiosamente, Pili asegura que el espacio o la respiración no son el mayor problema. "Ya estamos tan compenetradas unas con otras, que eso ni lo notamos", explica. La mayor dificultad, a veces, es otra: "no oír, a veces la voz de del capataz, porque la música de la banda nos lo impide". Son las capataces, que caminan por fuera, quienes guían sus pasos, y perder esa comunicación es el momento de mayor incertidumbre bajo el paso. ¿De dónde sacan la fuerza? Pili lo tiene claro: "Yo creo que es una mezcla de todo, de fe, ganas, fuerza". Pero a veces, cuando el cuerpo flaquea, la devoción toma el relevo. "La fuerza la sacas tú con la fe y con la esperanza de que tenemos un año más de vida, un año más de experiencia bajo el trono, un año más con el Cristo, pues todo suma", reflexiona. Esa convicción es la que convierte el agotamiento en una ofrenda. "Para mí, a mí el Cristo me da vida", confiesa con rotundidad. Lo más bonito, asegura, es "verle la cara a las compañeras emocionadas y a la gente que va la procesión". Durante el recorrido, hay momentos de especial emoción, como pasar por lugares donde vivían antiguas compañeras o familiares, o detenerse en los balcones donde se cantan saetas. "Siempre hay esos rinconcitos especiales, que cada una tiene su rincón", cuenta, describiendo una experiencia que es tanto colectiva como profundamente personal e introspectiva. Al terminar la procesión, el cansancio es extremo. "Terminamos cansaditas, pero nos tomamos un caldito, nos comemos un buen bocadillo de pata", comenta Pili. La recuperación lleva su tiempo, con días de agujetas y, para algunas, la necesidad de fisioterapia. Para ello, se preparan con ensayos previos. A pesar de la dureza, la tradición tiene futuro. "Hay relevo generacional", confirma Pili. En las propias familias, la costumbre pasa de madres a hijas, como el caso de Candelaria, una de las más veteranas, cuya hija Gloria también carga, o la sobrina del capataz, Saulo, cuya madre también fue cargadora. No obstante, asegurar la continuidad es una lucha constante. Pili admite que lleva un par de años pensando en dejarlo, pero le resulta "imposible" ante la falta de relevos. Es un problema, señala, que afecta a muchas tradiciones. La relación con los cargadores hombres es excelente, de total unión y colaboración. El único obstáculo es la dificultad para atraer a gente nueva que se comprometa. Por ello, Pili lanza una invitación directa a quienes sientan curiosidad: "Yo le diría que se acerque simplemente, que viva la experiencia". Pili está convencida de que el ambiente que se crea es suficiente para enganchar a cualquiera. "Cuando estás debajo del paso es algo que es muy difícil de describir, pero es mucha fe y creencia en que estamos vivas, en que tenemos vida y que podemos dar más vida". Su mensaje final es una mezcla de fe y testimonio: "Si viene, se acerca y lo vive el primer año, ya se queda fijo". La cita para comprobarlo es el Jueves Santo, sobre las ocho y media de la tarde, cuando el Cristo de la Buena Muerte vuelva a procesionar por Moya sobre los hombros de sus mujeres.
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