Cope Zaragoza
Para la mayoría son solo gestos que nos pueden poner nerviosos, pero para un 20% de la población que sufre misofonía, sonidos tan cotidianos e insignificantes como masticar, respirar o el clic de un bolígrafo son absolutamente insoportables. Esta hipersensibilidad a ciertos sonidos tiene nombre, y no es una manía. Es un trastorno que puede llegar a afectar de forma importante la vida de quien lo padece, con un 6% de los casos presentando un cuadro muy significativo. Para entender mejor esta condición, hablamos con Celia Incio, psicóloga sanitaria y una de las pocas especialistas en misofonía en España. Celia Incio define la misofonía como “una condición en la que ciertos sonidos cotidianos, que apenas son perceptibles para el resto, provocan una respuesta emocional y física muy intensa y automática”. Estos sonidos detonantes no tienen por qué ser fuertes; de hecho, suelen ser repetitivos y a menudo producidos por seres humanos. La lista es larga e incluye acciones como masticar, tragar, la respiración de otra persona, el tecleo de un ordenador, el goteo de un grifo, la vibración de un aparato eléctrico o incluso “el simple caminar de los vecinos de arriba”. La reacción es inmediata y abrumadora. La persona experimenta “una irritación muy intensa y muy rápida”, descrita por algunos pacientes como ansiedad, estrés o un nerviosismo muy grande. A nivel físico, se produce lo que la psicóloga llama “una especie de respingo interno, que genera muchísima tensión muscular, aceleración del corazón, saturación mental y calor”. La emoción predominante, subraya Incio, es la ira, pero “no una ira elaborada, sino muy primaria, muy visceral”. El impacto es tan visible que algunos familiares de pacientes comentan que “es como si le cambiase la mirada de repente y odiara profundamente”. Esa ira visceral puede, en los casos más extremos, llevar a reacciones descontroladas. La especialista confirma que “sí que puede haber respuestas impulsivas o agresivas desde pensamientos de hacer algo a quien está emitiendo ese ruido, pasando por miradas fulminantes hasta manotazos o incluso empujones”. Es una lucha interna que desborda a la persona, enfrentándola a impulsos difíciles de contener ante un estímulo que para otros es simplemente inexistente. Uno de los mayores sufrimientos para las personas con misofonía es la incomprensión de su entorno. Desde fuera, su reacción se percibe como “exagerada, incluso absurda”, y a menudo se les tacha de “maniáticos” o “histéricos”. Celia Incio relata cómo algunos, en tono de broma, les han repetido el sonido detonante al oído, un acto que, lejos de ser gracioso, la persona lo vive “como una agresión, como un ataque”. Esta falta de empatía genera una profunda sensación de soledad y vergüenza en quien padece el trastorno. Esta situación afecta gravemente a la auto-percepción, llevando a los afectados a verse a sí mismos como “bichos raros” o “tiquismiquis”, y a sentir que están “amargando la vida a quienes más quieren”. Como consecuencia, muchos optan por el aislamiento como mecanismo de defensa. La psicóloga explica que esto puede llevar a tomar decisiones drásticas como “mudarse, dejar de comer con otros, aislarse, evitar determinados lugares y vivir en un estado de alerta constante, anticipando el sonido”. Aunque puede aparecer en la edad adulta, lo más común es que la misofonía comience en la infancia tardía o la adolescencia. Sin embargo, su diagnóstico es complejo. Durante años, estos síntomas se han confundido con “comportamientos oposicionistas, mal carácter o ser muy sensible”. A esto se suma que “muchos profesionales de la salud aún desconocen esta condición”, lo que dificulta que los pacientes reciban la ayuda adecuada y, a menudo, se sientan invalidados en su sufrimiento. Aunque no existe una causa única, la ciencia ha identificado una base neurológica. Según Incio, los estudios muestran “una hiperconexión entre el área auditiva y las áreas emocionales del cerebro”, lo que provoca que ciertos sonidos activen directamente respuestas emocionales desproporcionadas. Además, existen factores de riesgo como un perfil sensorial más sensible, ciertas formas de procesar la atención, rasgos de personalidad o experiencias previas que pueden aumentar la vulnerabilidad a desarrollar el trastorno. Aunque la misofonía no tiene cura, en el sentido de que no desaparece por completo, sí se puede aprender a manejar. El tratamiento especializado es clave, especialmente en casos de intensidad moderada a severa. El primer paso consiste en “comprender lo que está ocurriendo a nivel del sistema nervioso para dejar de interpretarlo como algo incontrolable o irracional”. Este conocimiento es fundamental para que la persona recupere la sensación de control sobre su propia experiencia. A partir de ahí, la terapia se enfoca en “entrenar la regulación ante esa activación tan súbita, tan brusca”, dando herramientas para gestionar la ira. También se trabaja en “reducir la evitación de forma progresiva”. Incio aclara que no se trata de una “exposición a bocajarro”, sino de un proceso gradual para que la persona pueda volver a estar presente en situaciones cotidianas, utilizando herramientas que le permitan cambiar la respuesta de su cerebro y, poco a poco, “ir soltando esa asociación de sonido igual a amenaza”. Respecto al uso de tapones, una solución recurrente para muchos, la psicóloga advierte que solo deben usarse “de forma puntual en momentos muy concretos”. No los recomienda como solución principal porque “refuerzan la evitación y hacen que todavía nos sensibilicemos aún más ante el sonido”. Utilizarlos de forma sistemática, concluye, “es como intentar resolverlo silenciando el mundo, y a largo plazo suele empeorar el problema”. El término misofonía fue acuñado en el año 2001, por lo que es un campo de estudio relativamente nuevo. Sin embargo, el interés científico ha crecido exponencialmente en los últimos años. La divulgación, insiste Celia Incio, es fundamental para que las personas que sufren este trastorno “dejen de sentirse que son bichos raros” y para que la sociedad entienda que es una condición real que necesita más investigación y, sobre todo, empatía.
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