La Opinión de Málaga
Hay un momento en el Miércoles Santo de Antequera que no se anuncia, pero que todos esperan. Es cuando los hermanacos se doblan bajo los varales, el trono tiembla un instante antes de levantarse y el Cristo del Mayor Dolor sale a la calle con esa expresión arrodillada que parece dirigirse a cada uno de los que lo esperan. Esos segundos lo detienen todo.
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